sábado, 25 de septiembre de 2010

La sombra y el hombre


Va cayendo la tarde y, en el parque, y espero. Las sombras se alargan, se convierten en objetos reales. Una figura oscura se me acerca.

LA SOMBRA: ¿Qué haces aquí?
YO: Espero
LA SOMBRA: ¿A quién?
YO: No lo sé, pero espero.
LA SOMBRA: Pero, si esperas es por algo
YO: ¿Hay motivos para justificar una espera?
LA SOMBRA: La misma espera es un motivo. Debes esperar algo o a alguien. Esperar nada es un absurdo.
YO: ¿Como esperar de la Vida?
LA SOMBRA: No desvíes el tema. Te vuelvo a preguntar ¿a quién o qué esperas?
YO: No lo sé

La tarde se va dejando coger por la noche. Ya no hay sombras, solo masas de cosas irreconocibles.

YO: Siempre esperamos. Yo espero ahora.
LA SOMBRA: Bueno, esperaré a tu lado. No sé por qué. Realmente, siempre esperamos sin saber el qué.
YO: A eso me refiero. Yo espero. A veces, pocas, encuentro en esa espera. Otras, las más, desespero.
LA SOMBRA: O no encuentras... que es lo mismo.
YO: Si no sabes lo que esperas no sabes lo que puedes encontrarte. Esa es la magia de nuestras vidas.
LA SOMBRA: ... y de nuestras muertes.
YO: ¿Tú también esperas?
LA SOMBRA: Sí, lo mismo que tú, aunque no sé lo que esperas.
YO: Quizá lo mismo que tú.
LA SOMBRA: Ahora entiendo.
YO: Ahora sé que lo entiendes. Ambos esperamos lo mismo
LA SOMBRA: Esperas respuestas. Yo espero también respuestas. Todos nosotros durante toda la vida sólo esperamos respuestas. Pero no sabemos a qué preguntas, y no sabemos tampoco las respuestas, ni siquiera cuando las tenemos delante.
YO: Ya ha llegado la Noche.
LA SOMBRA: La Noche silenciosa, la Noche Eterna.

Es de noche, la oscuridad es completa. Yo y la sombra nos confundimos en la negrura, nos desdibujamos y terminamos convirtiéndose en Noche.

sábado, 19 de junio de 2010

Termópilas


“Oh, extranjero, informa a Esparta que aquí yacemos todavía obedientes a sus órdenes”. Tal frase aparece esculpida en una piedra colocada en el paso de las Termópilas, donde trescientos de mis camaradas murieron luchando por la libertad de Grecia, en lo que actualmente se sitúa en el año 480 antes de Cristo. Simónides, el gran poeta griego, quiso así rendir un tributo a los que lucharon y murieron por unos ideales.

Entonces, el persa atravesó finalmente el paso, aunque fue derrotado en Salamina y Platea y tuvo que volver sobre sus pasos y retornar a su reino de penumbras. Pero ¿acaso ya no ha vuelto a intentarlo? ¿No habrá nuevos persas escudados en las sombras y a la espera del momento adecuado para sumergir a la civilización en el horror del culto a la riqueza y al poder?

Leo el poema de otro griego, mucho más reciente en la historia, Kavafis, que dijo, respecto a los valientes 300:


Honor a aquellos que en sus vidas
custodian y defienden las Termópilas.
Sin apartarse nunca del deber;
justos y rectos en sus actos,
no exentos de piedad y compasión;
generosos cuando son ricos, y también
si son pobres, modestamente generosos,
cada uno según sus medios;
diciendo siempre la verdad,
mas sin guardar rencor a los que mienten.

Y más honor aún les es debido
a quienes prevén (y muchos prevén)
que Efialtes aparecerá finalmente
y pasarán los Persas.


El Persa, disfrazado de modernidad, está atravesando el desfiladero, y no hay nadie que le plante cara, que clave sus lanzas en el suelo y diga: ¡Hasta aquí, y ni un paso más! Nadie. Es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, que los herederos de Jerjes dominen la tierra.

sábado, 22 de mayo de 2010

La ley del embudo


Resulta paradójico que, en tiempos de crisis, las sociedades actuales o, más exactamente, los gobiernos de cada nación decidan que sean los ciudadanos más débiles los que hagan más sacrificios, y sean incapaces –o no quieran- obligar a los que más tienen a contribuir con sus riquezas al bienestar general.

Carecen de la Gran Retra, y también de un moderno Licurgo que aparte a tanto profesional de la cosa pública y redacte leyes que, sean buenas o malas, al menos sean coherentes. Viven los hombres y mujeres de este siglo en un despropósito continuo, y pervivenen el engaño del sistema, falsamente llamado “democracia”.

¿Se puede llamar “democracia”, ese invento ateniense que nació entre ciudadanos adinerados e intelectuales de una élite de poder, a este sistema en el que el pueblo no hace otra cosa que elegir a sus gobernantes cada cuatro o cinco años? Pero es que, además, no pueden enviarlos al ostracismo si son malos dirigentes o sus leyes perjudican: han de vivir con ellos y ver, con cierto derrotismo, como ascienden en el escalafón del poder y viven a costa del erario público.

No debe ser así. Si todos los ciudadanos son iguales, por el simple hecho de serlo ninguno de ellos ha de obtener privilegios por su condición, y nadie ha de hacer más sacrificios que el vecino salvo -y esta es la gran excepción de Licurgo- el que está en la cúspide del poder. Aquí se demuestra donde están los grandes hombres, y donde persisten las grandes sociedades.

Lo demás, es pura engañifa. Mero descalabro. Necedad que había que arrojar desde el monte Taigeto.

domingo, 9 de mayo de 2010

Del gobierno de los más jóvenes


Acostumbrado a que la Gerusia decidiera todo, o prácticamente todo, en Esparta, aunque la Apella, la asamblea popular tuviese, en teoría, la última palabra, no acabo de entender el funcionamiento de la mayoría de las sociedades más avanzadas del mundo en el que estoy instalado.

Quizá no debí abandonar la ruinosa memoria de mi ciudad de origen y, como Demóstenes, tendría que haberme conformado con dormitar bajo la sombra de un olivo y tomar el sol en los cálidos y brillantes atardeceres griegos. Pero la decisión fue tomada ya hace tiempo, y no hay marcha atrás.

Vivo en un mundo que, a pesar de estar dominado por hombres maduros, muchos de ellos rozando la ancianidad o inmersos en esa etapa final de la vida, compone, crea, fabrica y vende a una población que está aún en la pubertad. Sobre todo en el arte. Cierto que el arte no es la mayor de las satisfacciones para un espartano; ni siquiera es considerado en muchos de sus aspectos. Pero sí es cierto que las sociedades avanzan gracias a la sabiduría que dan los años y a la experiencia del tiempo vivido. Y de ambas cosas carecen los jóvenes.

¿Está el arte en manos de rapsodas impúberes, que poco o nada saben del amor en sus múltiples variantes, o de la vida en sus infinitas posibilidades? Si es así, como me temo, no es de extrañar la decadencia que vienen mostrando todas las artes desde que el poder de decidir y comprar pasó a los menos sabios.

Tal vez me dejo llevar por mis siglos de vida, y la nostalgia de lo perdido –esa juventud guerrera que jamás retornará- me haga decir, como a los viejos denostadores: ¡qué buenos eran aquellos viejos tiempos!

sábado, 10 de abril de 2010

Pan y Circo


En la antigua Roma -que, curiosamente, alcanzó el culmen de su poder justo cuando Esparta declinaba inexorablemente- se daba pan o trigo a sus ciudadanos, y se abría el circo para que todos pudieran disfrutar de sus sangrientos espectáculos. Todo gratis con el fin de tener al pueblo contento… y callado. Mientras, los poderosos realizaban sus tejemanejes en el Senado, o tomaban los pulcros ejércitos romanos y se hacían con las tierras de otros pueblos, o con las de sus propios paisanos. Pan y circo para silenciar a los hombres libres.

Por otra parte, decía bien Jenófanes de Colofon en uno de sus poemas que “porque triunfe un atleta en un certamen a la orilla de Pisa; que eso no llena de la ciudad el almacén”. ¡Qué lejos esa idea de lo que eran las simples y, al mismo tiempo, gloriosas Olimpiadas! Aquellas en las que atletas de todo el orbe civilizado competían para demostrar que eran los mejores y llevarse con ellos, como único premio, la corona de laurel. Luego eran agasajados y homenajeados en sus ciudades de origen e, incluso, se les erigía estatuas o monumentos en su honor. Después, la vida seguía su curso, y el campesino cultivaba las tierras, y el guerrero defendía la polis. Hoy, esa actividad lúdica, espiritual y física al mismo tiempo, ha quedado relegada a un mero “pan y circo”. Así se calla al pueblo, en estos tiempos de crisis. Un afortunado resultado no llena la despensa de víveres, ni da trabajo, ni paga las deudas.

Pueden sentirse satisfechos los herederos de César: los circos siguen existiendo, con formato distinto pero con los mismos fines.

Dejo atrás el escenario donde las multitudes corean los nombres de sus héroes, ajenas durante unas horas a sus propias penurias, y me cruzo con los complacidos rostros de los hombres que manipulan los hilos del poder, que medran gracias a la locura colectiva.

sábado, 27 de marzo de 2010

Mens sana in corpore sano


Juvenal no se equivocaba en su décima sátira, aunque su máxima, esa grandiosa plegaria a los dioses, ha quedado relegada al olvido, cuando no vilmente manipulada y tergiversada. Porque el culto al cuerpo se ha impuesto a la domesticación de la mente. Resulta paradójico que, dos mil años después, la civilización haya caído a sus cotas más bajas de decencia.

¿Qué es del alma si el cuerpo, marchito por tanto bien inútil, se deja querer por los cantos de las sirenas? El culto al cuerpo, el mito del músculo o de las curvas sutiles y embriagadoras, ha matado al intelecto y, sobre todo, al espíritu de superación. Porque superarse no es sino renunciar a lo fatuo y resistir sin queja. Juvenal dictó su máxima, pero ésta, igual que su lengua latina, ya muerta, ha pasado a convertirse en una frase hecha, sin sentido.

No. No se trata de tener un cuerpo sano para que la mente se resguarde en él. De nada sirve una carcasa limpia y reluciente si el interior está hueco y amenaza derrumbarse al menor golpe del viento de la adversidad. Los espíritus fuertes son aquellos que han renunciado a todo… y a nada, pero que estiman que el cuerpo y la mente son uno… pero uno en un camino único y esplendente: el del acrecentamiento de la propia estima y la renuncia a todo aquello que nos impida avanzar hacia el horizonte.

Porque es allí, en el horizonte, tras la última colina tras el último rio vadeable, donde se halla el triunfo y la gloria. Lo demás son paraísos donde solazarse y perder las carnes en vulgares festines. Es engordar para los gusanos, tanto la carne como el espíritu. Para eso no han nacido los hombres y las mujeres. Mens sana in corpore sano, ¡qué gran verdad, oh sabio Juvenal, y qué gran tragedia que no hayas sido comprendido!

domingo, 7 de marzo de 2010

Doble elección


Estoy sentado junto a la fogata esta noche fría como sólo pueden serlo las noches de invierno. El fuego crepita, como un ente vivo. Quizá esté orando a Prometeo, el hombre-mito que trajo este bien preciado a la humanidad tras robarlo a los dioses. Pero desvarío, y ello no es propio de un espartiata.

A la luz amarillenta de la hoguera recreo el encuentro que he tenido esta tarde, cerca de aquí. Estaba sentado, descansando bajo una gran higuera, cuando he visto en la lejanía dos figuras que se acercaban hasta donde me encontraba. Al aproximarse las pude identificar con claridad: uno era un hombre alto, bien vestido, de cutis limpio y sonrisa amable; el otro era más bajo, de aspecto desaliñado y risa amplia que retumbaba en las colinas, pero que acababa en ecos amargos, casi desagradables.

Al llegar junto a mi lado ambos hombres hablaron a la vez:
-Te ofrezco venir conmigo, y te daré a cambio un don.
Entonces comenzaron a discutir entre ellos, quitándose mutuamente la razón, sin que ninguno esgrimiera alguna. Intervine y les pedí que me dijesen que me ofrecían.
-Yo te ofrezco el don del intelecto – el hombre de la sonrisa impertérrita se alisó sus ricas vestiduras.
-Yo te daré el don de la fuerza infinita – y agitó su puño en el aire como si quisiera golpear a todos los dioses habidos y por haber.
-¿Para qué quiero esos dones? – respondí, mientras los miraba con fijeza.
-Para gobernar sobre los demás – me contestaron ambos a la vez.
-Y yo, a cambio ¿qué os he de dar?
-Sólo deberás obedecer a quien es tu superior – dijeron a la vez los dos distintos hombres.
-¿Quién es mi superior? – sonreí porque imaginé su respuesta posterior.
-¡Éste! – y a la vez hablaron, y al mismo tiempo sacaron de la nada una bola de cristal en la que estaban contenidos todos los bienes materiales que pudiera soñar –Para Él vivirás, y Él te proveerá.

Me giré y les di la espalda, y me alejé de ellos a paso ligero, ignorando sus cantos de sirena -llenos de promesas vagas y de amenazas subrepticias- para no contaminarme de sus palabras y sus miserias. Porque el hombre libre es aquel que no se ata a nada ni a nadie, y que no vende su fidelidad a bolas de cristal que pueden romperse al menor golpe de aire. ¿De qué sirven el poder y la gloria, el intelecto y la materia, si uno está tan atado a ellas, que se convierte en esclavo y no es dueño de su vida?

domingo, 21 de febrero de 2010

El gobierno de los políticos


Sé que no soy el más indicado para hablar de democracia, tal y como la entendían, y la siguen entendiendo Atenas y sus herederos políticos. Esparta nunca se caracterizó por tener unas instituciones democráticas, pero la gerusia, los éforos y la apella perduraron largos siglos hasta que el acontecer de la historia deshizo aquello que Licurgo pensó que sería eterno. Difícilmente hubiera sucedido de ser imperfectas o injustas sus leyes.

No, tampoco voy a llorar la pérdida del añorado pasado. No es propio de un espartano lamentarse y recrearse en el propio dolor. Me centraré en comentar, a estos olmos cautivos entre el gris alquitrán, qué son realmente aquellos que se llaman a sí mismos “demócratas”. Porque el gobierno, lejos de pertenecer al pueblo, a todos, como indica la palabra “demo”, ha quedado circunscrito a los que han sabido ascender y tomar puestos de poder en eso que denominan “partidos políticos”, que no son más que un símil de las facciones que se enfrentaban por el control de las ciudades de la Hélade. Claro está que entonces unos luchaban por instaurar la aristocracia, o por mantenerla, y otros lo hacían por tener gobiernos oligárquicos, o por las tiranías, e incluso por monarquías hereditarias. El resultado, casi siempre, era el mismo: el pueblo seguía inmerso en una dejadez absoluta, y sólo podía lanzar miradas a los dioses suplicando una mejora de sus condiciones sociales. Dos mil años después las cosas no han cambiado.

Ese grupo de políticos, profesionales que se renuevan a sí mismos, como éforos de eterna presencia, se descalifican entre ellos, se insultan y desprecian, aunque luego se dan la mano y se ceden el poder, que ejercen de idéntico modo que sus antecesores. El pueblo, mientras tanto, sigue añorando verdaderos cambios.

No, Atenas, esta no es tu democracia. Tan sólo un juego pueril en el que participan todos de vez en cuando y en el que son otros –una auténtica oligarquía oculta entre las sombres- los que deciden el futuro de la comunidad. Lamentablemente, el bien común no es su bien, y sus intereses particulares rara vez benefician al común de las gentes.

sábado, 6 de febrero de 2010

Sucesores del Persa

En estos tiempos los sistemas políticos siguen siendo tan diferentes y, en algunos casos, tan contrapuestos, como en la antigüedad. Me sorprende aún que el ser humano pueda entender las relaciones humanas de forma tan variada, y también me asombra que aún se pretenda imponer a otros las condiciones de vida nacidas y sentidas, casi genéticamente, en un lugar concreto.

Cierto es que cada nación tiene instituciones, costumbres y maneras propias que pueden parecer extrañas, incluso funestas, para sus vecinos, pero nadie debería imponer a otros sus formas de pensar. Eso error lo cometió Esparta, sumergida en una vorágine imperialista que, a la postre, fue su ruina. Igual que sucediera años antes a la soberbia Atenas, que cayó por culpa de un Pericles que la hizo grande al principio y precipitó también el final de su imperio marítimo. Sin embargo, la situación que existe ahora entre las naciones que se autodenominan “democráticas” y aquellas otras a las que pretenden “civilizar”, se asemeja más a las invasiones de la Hélade por parte del persa.

¿Acaso Darío y Ciro no pretendían hacer de los griegos sus vasallos bajo un régimen político que, entendían, era el mejor posible? Nosotros sólo teníamos nuestras armas y una cultura incipiente, y anhelábamos la Libertad antes que cualquier otra cosa. ¿Acaso éramos superiores al persa en riquezas, cultura o poderío? No. Siendo inferiores en número le vencimos, porque nadie puede exportar fuera de sus fronteras lo que ha nacido dentro de ellas, a riesgo de ser criticado y combatido… y derrotado. No se impone una Idea: se tiene que convencer de ella. Porque no somos dioses y, por tanto, la Verdad absoluta no existe.

No hay pueblo, por miserablemente que viva, que no combata por su tierra, ni guerrero que no quiera morir en el campo de batalla si ve que el bárbaro invade sus fronteras, por muy buenos trajes que lleve consigo o por mejores promesas que formulen sus labios. Renunciar al combate es dar el primer paso para ser un ilota sin futuro.

lunes, 25 de enero de 2010

El ánfora de Pandora


En los días que llevo en el sendero no he tropezado con ningún moderno Prometeo, o incluso con un simple Epimeteo, porque me hubiera gustado preguntarles si el castigo que los dioses impusieron a los hombres a través del ánfora de Pandora ha sido eliminado o, al menos paliado, por el avance del conocimiento humano. Por lo que he visto sé que la esperanza aún permanece encerrada, y que no hay más sordo que el que no quiere escuchar sino el canto de las sirenas.

Aunque no dejaba de ser un mito en la antigua Hélade todavía hoy persiste parte de la leyenda, y aún hay libros que recogen el mal realizado por las mujeres, ¡como si los hombres fuesen seres perfectos y plagados de virtudes! Ha de suponerse que los sabios, o los hombres de religión –aún más sabios por sibilinos- toman de las leyendas lo que les conviene para perpetuarse y perpetuar el poder. Así, los males perduran porque les son necesarios a los poderosos para someter a los pueblos que, por principio, deberían gobernar con mano dulce y justa. Ya no se sitúan en primera línea de la falange, sino que se escudan tras miles, millones de guerreros, escribas y comerciantes que defienden sus egoístas intereses. Tienen el ánfora de Pandora a buen recaudo, y quieren evitar que nadie la destape para que la Esperanza jamás se extienda sobre la Humanidad.

¿Qué mayor castigo querían los dioses para con Prometeo, sólo por el hecho de enseñar el fuego y el uso de la semilla a los hombres? ¿Qué mayor castigo que expulsarlos del Edén por comer del árbol de la sabiduría? Al final todos los males proceden, no de dioses lejanos y variables según las razas y los tiempos, sino de los gobernantes que necesitan someter a sus súbditos a la ley de la pura subsistencia y la obediencia ciega.

Cuanto más conozco este mundo nuevo más lo concibo como un remedo del pasado. Siento que el aire que respiro está viciado por siglos de repetidos errores.

lunes, 18 de enero de 2010

El Camino del Guerrero


Da igual calzar sencillos haplai que fuertes botas, porque lo importante es tener los pies duros y pisar con fuerza y seguridad. El hábito no hace al monje, ni el guerrero se curte en batallas de papel, y un asno, por mucho mundo que vea, no deja de ser un asno. Por eso me sorprende encontrar sociedades y más sociedades donde la apariencia vale más que lo que hay en el interior, y el contenido se desprecia porque se valora en demasía lo superfluo.

Todo lo que observo me recuerda aquellos guerreros que decoraban sus escudos con bellas figuras, y cubrían sus cuerpos con finos vestidos… para huir a continuación nada más contemplar las primeras líneas de soldados enemigos. Todo pura fachada, puro espectáculo, como se dice hoy en día. Los pueblos, las ciudades, los países están en manos de la estulticia. Nada es real bajo toda esa apariencia de esplendor.

No quedan hoplitas que se vistan pensando sólo en el combate, y que peinen sus largos cabellos para quedar bien ante la Muerte. No. Ahora todo es una parodia, un engaño conocido y asumido, y en el que hombres y mujeres quieren participar para no quedar fuera de de ese absurdo pero deseado juego.

¿Dónde están los poetas, Alcmeón? No recitan ni escriben ya para sus coetáneos, ni para los hijos de sus hijos, sino que sientan sus posaderas en las opulentas mesas, repletas de las viandas del poder y la gloria efímeras. Son poetastros, ridículas sombras de Homero o Safo. Pura imagen que no resistirá el paso de los años.

“Odioso para mí, como las puertas del Hades, es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra”. ¡Glorioso rapsoda ciego que tan bien describiste el carácter de los hombres!

Descalzo, pero con pie firme, aplasto las cadavéricas figuras de los que no tienen forma ni sentido.

sábado, 9 de enero de 2010

Aires de Esparta

He viajado durante horas, siempre con el sol a mi espalda. He seguido mi propia sombra, que se alargaba al tiempo que el día menguaba. En el recodo de este gris camino, cuya tierra parece muerta, ennegrecida por algún feroz incendio, me recuesto contra el tronco de un viejo olivo. Veo pasar las nubes en un cielo diáfano a pesar de que atardece.

Atrás he dejado la ciudad de Esparta. No la gloriosa cumplidora de las leyes de Licurgo sino la refundada mucho después por un tal Otón I, cuando la Hélade fue otra vez libre tras quitarse el yugo turco, el nuevo persa. Sus habitantes, modernos hasta la molicie, viven de los recuerdos de sus antepasados, pero ni por asomo se asemejan a ellos. Siguen plantando los olivos y recogiendo los cítricos de los esplendentes campos de Laconia, regados por el Eurotas, y a la sombra del monte Taigeto, pero no son diferentes a las gentes que puedo encontrar más allá de las colinas o al otro lado del pelágico mar. No, definitivamente la antigua Esparta, la elegida de Atenea, está muerta. ¿Qué quedó de su espíritu altanero? ¿Qué de sus casas y sus foros, teatros y templos? Yace entre olivos, apenas una sombra de una sombra de una sombra en el sueño. Nunca necesitó de murallas que la amparasen porque sus habitantes eran su defensa, y ahora tampoco requiere de vallas o alambradas que corten el paso a sus ruinas cavernosas, pero es porque casi nadie aparece por sus polvorientas calles siquiera para rezar una plegaria o alabar su glorioso pasado.

Camino sin mirar atrás, y piso fuerte el gris asfalto. Atrás quedan los campos de amarillo trigo y las fuentes espirituales que me insuflan vida. Si es que es Vida la que un espartano puede llevar en la época de la desmemoria y la placidez del borrego.

domingo, 3 de enero de 2010

Principio de incertidumbre

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Como buen espartano me encomiendo a los dioses –aunque en estos tiempos sean tan diferentes a los de la antigua Esparta- y dirijo mis pasos hacia este siglo XXI tan extraño y, a la vez, reconocible. No dejaré mi escudo en el camino, y mi espada será la voz firme y la voluntad decidida. ¡No dirán jamás que habré muerto sin haber cumplido las leyes de Esparta!

Aquí estoy: solo frente al siglo que se supone no debería existir. ¿Acaso un iluminado no vaticinó el “fin de la Historia”? ¡Qué sabrán los ingenuos historiadores del acontecer del corazón humano que, mientras palpite, horadará las rocas más duras y dibujará en los cielos nuevos amaneceres!

Sin embargo… Sin embargo veo negras nubes en el horizonte. Muy oscuras, casi pareciera que, tras ellas, nada hay, o existe la Nada.