lunes, 25 de enero de 2010

El ánfora de Pandora


En los días que llevo en el sendero no he tropezado con ningún moderno Prometeo, o incluso con un simple Epimeteo, porque me hubiera gustado preguntarles si el castigo que los dioses impusieron a los hombres a través del ánfora de Pandora ha sido eliminado o, al menos paliado, por el avance del conocimiento humano. Por lo que he visto sé que la esperanza aún permanece encerrada, y que no hay más sordo que el que no quiere escuchar sino el canto de las sirenas.

Aunque no dejaba de ser un mito en la antigua Hélade todavía hoy persiste parte de la leyenda, y aún hay libros que recogen el mal realizado por las mujeres, ¡como si los hombres fuesen seres perfectos y plagados de virtudes! Ha de suponerse que los sabios, o los hombres de religión –aún más sabios por sibilinos- toman de las leyendas lo que les conviene para perpetuarse y perpetuar el poder. Así, los males perduran porque les son necesarios a los poderosos para someter a los pueblos que, por principio, deberían gobernar con mano dulce y justa. Ya no se sitúan en primera línea de la falange, sino que se escudan tras miles, millones de guerreros, escribas y comerciantes que defienden sus egoístas intereses. Tienen el ánfora de Pandora a buen recaudo, y quieren evitar que nadie la destape para que la Esperanza jamás se extienda sobre la Humanidad.

¿Qué mayor castigo querían los dioses para con Prometeo, sólo por el hecho de enseñar el fuego y el uso de la semilla a los hombres? ¿Qué mayor castigo que expulsarlos del Edén por comer del árbol de la sabiduría? Al final todos los males proceden, no de dioses lejanos y variables según las razas y los tiempos, sino de los gobernantes que necesitan someter a sus súbditos a la ley de la pura subsistencia y la obediencia ciega.

Cuanto más conozco este mundo nuevo más lo concibo como un remedo del pasado. Siento que el aire que respiro está viciado por siglos de repetidos errores.

lunes, 18 de enero de 2010

El Camino del Guerrero


Da igual calzar sencillos haplai que fuertes botas, porque lo importante es tener los pies duros y pisar con fuerza y seguridad. El hábito no hace al monje, ni el guerrero se curte en batallas de papel, y un asno, por mucho mundo que vea, no deja de ser un asno. Por eso me sorprende encontrar sociedades y más sociedades donde la apariencia vale más que lo que hay en el interior, y el contenido se desprecia porque se valora en demasía lo superfluo.

Todo lo que observo me recuerda aquellos guerreros que decoraban sus escudos con bellas figuras, y cubrían sus cuerpos con finos vestidos… para huir a continuación nada más contemplar las primeras líneas de soldados enemigos. Todo pura fachada, puro espectáculo, como se dice hoy en día. Los pueblos, las ciudades, los países están en manos de la estulticia. Nada es real bajo toda esa apariencia de esplendor.

No quedan hoplitas que se vistan pensando sólo en el combate, y que peinen sus largos cabellos para quedar bien ante la Muerte. No. Ahora todo es una parodia, un engaño conocido y asumido, y en el que hombres y mujeres quieren participar para no quedar fuera de de ese absurdo pero deseado juego.

¿Dónde están los poetas, Alcmeón? No recitan ni escriben ya para sus coetáneos, ni para los hijos de sus hijos, sino que sientan sus posaderas en las opulentas mesas, repletas de las viandas del poder y la gloria efímeras. Son poetastros, ridículas sombras de Homero o Safo. Pura imagen que no resistirá el paso de los años.

“Odioso para mí, como las puertas del Hades, es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra”. ¡Glorioso rapsoda ciego que tan bien describiste el carácter de los hombres!

Descalzo, pero con pie firme, aplasto las cadavéricas figuras de los que no tienen forma ni sentido.

sábado, 9 de enero de 2010

Aires de Esparta

He viajado durante horas, siempre con el sol a mi espalda. He seguido mi propia sombra, que se alargaba al tiempo que el día menguaba. En el recodo de este gris camino, cuya tierra parece muerta, ennegrecida por algún feroz incendio, me recuesto contra el tronco de un viejo olivo. Veo pasar las nubes en un cielo diáfano a pesar de que atardece.

Atrás he dejado la ciudad de Esparta. No la gloriosa cumplidora de las leyes de Licurgo sino la refundada mucho después por un tal Otón I, cuando la Hélade fue otra vez libre tras quitarse el yugo turco, el nuevo persa. Sus habitantes, modernos hasta la molicie, viven de los recuerdos de sus antepasados, pero ni por asomo se asemejan a ellos. Siguen plantando los olivos y recogiendo los cítricos de los esplendentes campos de Laconia, regados por el Eurotas, y a la sombra del monte Taigeto, pero no son diferentes a las gentes que puedo encontrar más allá de las colinas o al otro lado del pelágico mar. No, definitivamente la antigua Esparta, la elegida de Atenea, está muerta. ¿Qué quedó de su espíritu altanero? ¿Qué de sus casas y sus foros, teatros y templos? Yace entre olivos, apenas una sombra de una sombra de una sombra en el sueño. Nunca necesitó de murallas que la amparasen porque sus habitantes eran su defensa, y ahora tampoco requiere de vallas o alambradas que corten el paso a sus ruinas cavernosas, pero es porque casi nadie aparece por sus polvorientas calles siquiera para rezar una plegaria o alabar su glorioso pasado.

Camino sin mirar atrás, y piso fuerte el gris asfalto. Atrás quedan los campos de amarillo trigo y las fuentes espirituales que me insuflan vida. Si es que es Vida la que un espartano puede llevar en la época de la desmemoria y la placidez del borrego.

domingo, 3 de enero de 2010

Principio de incertidumbre

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Como buen espartano me encomiendo a los dioses –aunque en estos tiempos sean tan diferentes a los de la antigua Esparta- y dirijo mis pasos hacia este siglo XXI tan extraño y, a la vez, reconocible. No dejaré mi escudo en el camino, y mi espada será la voz firme y la voluntad decidida. ¡No dirán jamás que habré muerto sin haber cumplido las leyes de Esparta!

Aquí estoy: solo frente al siglo que se supone no debería existir. ¿Acaso un iluminado no vaticinó el “fin de la Historia”? ¡Qué sabrán los ingenuos historiadores del acontecer del corazón humano que, mientras palpite, horadará las rocas más duras y dibujará en los cielos nuevos amaneceres!

Sin embargo… Sin embargo veo negras nubes en el horizonte. Muy oscuras, casi pareciera que, tras ellas, nada hay, o existe la Nada.