domingo, 21 de febrero de 2010

El gobierno de los políticos


Sé que no soy el más indicado para hablar de democracia, tal y como la entendían, y la siguen entendiendo Atenas y sus herederos políticos. Esparta nunca se caracterizó por tener unas instituciones democráticas, pero la gerusia, los éforos y la apella perduraron largos siglos hasta que el acontecer de la historia deshizo aquello que Licurgo pensó que sería eterno. Difícilmente hubiera sucedido de ser imperfectas o injustas sus leyes.

No, tampoco voy a llorar la pérdida del añorado pasado. No es propio de un espartano lamentarse y recrearse en el propio dolor. Me centraré en comentar, a estos olmos cautivos entre el gris alquitrán, qué son realmente aquellos que se llaman a sí mismos “demócratas”. Porque el gobierno, lejos de pertenecer al pueblo, a todos, como indica la palabra “demo”, ha quedado circunscrito a los que han sabido ascender y tomar puestos de poder en eso que denominan “partidos políticos”, que no son más que un símil de las facciones que se enfrentaban por el control de las ciudades de la Hélade. Claro está que entonces unos luchaban por instaurar la aristocracia, o por mantenerla, y otros lo hacían por tener gobiernos oligárquicos, o por las tiranías, e incluso por monarquías hereditarias. El resultado, casi siempre, era el mismo: el pueblo seguía inmerso en una dejadez absoluta, y sólo podía lanzar miradas a los dioses suplicando una mejora de sus condiciones sociales. Dos mil años después las cosas no han cambiado.

Ese grupo de políticos, profesionales que se renuevan a sí mismos, como éforos de eterna presencia, se descalifican entre ellos, se insultan y desprecian, aunque luego se dan la mano y se ceden el poder, que ejercen de idéntico modo que sus antecesores. El pueblo, mientras tanto, sigue añorando verdaderos cambios.

No, Atenas, esta no es tu democracia. Tan sólo un juego pueril en el que participan todos de vez en cuando y en el que son otros –una auténtica oligarquía oculta entre las sombres- los que deciden el futuro de la comunidad. Lamentablemente, el bien común no es su bien, y sus intereses particulares rara vez benefician al común de las gentes.

sábado, 6 de febrero de 2010

Sucesores del Persa

En estos tiempos los sistemas políticos siguen siendo tan diferentes y, en algunos casos, tan contrapuestos, como en la antigüedad. Me sorprende aún que el ser humano pueda entender las relaciones humanas de forma tan variada, y también me asombra que aún se pretenda imponer a otros las condiciones de vida nacidas y sentidas, casi genéticamente, en un lugar concreto.

Cierto es que cada nación tiene instituciones, costumbres y maneras propias que pueden parecer extrañas, incluso funestas, para sus vecinos, pero nadie debería imponer a otros sus formas de pensar. Eso error lo cometió Esparta, sumergida en una vorágine imperialista que, a la postre, fue su ruina. Igual que sucediera años antes a la soberbia Atenas, que cayó por culpa de un Pericles que la hizo grande al principio y precipitó también el final de su imperio marítimo. Sin embargo, la situación que existe ahora entre las naciones que se autodenominan “democráticas” y aquellas otras a las que pretenden “civilizar”, se asemeja más a las invasiones de la Hélade por parte del persa.

¿Acaso Darío y Ciro no pretendían hacer de los griegos sus vasallos bajo un régimen político que, entendían, era el mejor posible? Nosotros sólo teníamos nuestras armas y una cultura incipiente, y anhelábamos la Libertad antes que cualquier otra cosa. ¿Acaso éramos superiores al persa en riquezas, cultura o poderío? No. Siendo inferiores en número le vencimos, porque nadie puede exportar fuera de sus fronteras lo que ha nacido dentro de ellas, a riesgo de ser criticado y combatido… y derrotado. No se impone una Idea: se tiene que convencer de ella. Porque no somos dioses y, por tanto, la Verdad absoluta no existe.

No hay pueblo, por miserablemente que viva, que no combata por su tierra, ni guerrero que no quiera morir en el campo de batalla si ve que el bárbaro invade sus fronteras, por muy buenos trajes que lleve consigo o por mejores promesas que formulen sus labios. Renunciar al combate es dar el primer paso para ser un ilota sin futuro.