sábado, 27 de marzo de 2010

Mens sana in corpore sano


Juvenal no se equivocaba en su décima sátira, aunque su máxima, esa grandiosa plegaria a los dioses, ha quedado relegada al olvido, cuando no vilmente manipulada y tergiversada. Porque el culto al cuerpo se ha impuesto a la domesticación de la mente. Resulta paradójico que, dos mil años después, la civilización haya caído a sus cotas más bajas de decencia.

¿Qué es del alma si el cuerpo, marchito por tanto bien inútil, se deja querer por los cantos de las sirenas? El culto al cuerpo, el mito del músculo o de las curvas sutiles y embriagadoras, ha matado al intelecto y, sobre todo, al espíritu de superación. Porque superarse no es sino renunciar a lo fatuo y resistir sin queja. Juvenal dictó su máxima, pero ésta, igual que su lengua latina, ya muerta, ha pasado a convertirse en una frase hecha, sin sentido.

No. No se trata de tener un cuerpo sano para que la mente se resguarde en él. De nada sirve una carcasa limpia y reluciente si el interior está hueco y amenaza derrumbarse al menor golpe del viento de la adversidad. Los espíritus fuertes son aquellos que han renunciado a todo… y a nada, pero que estiman que el cuerpo y la mente son uno… pero uno en un camino único y esplendente: el del acrecentamiento de la propia estima y la renuncia a todo aquello que nos impida avanzar hacia el horizonte.

Porque es allí, en el horizonte, tras la última colina tras el último rio vadeable, donde se halla el triunfo y la gloria. Lo demás son paraísos donde solazarse y perder las carnes en vulgares festines. Es engordar para los gusanos, tanto la carne como el espíritu. Para eso no han nacido los hombres y las mujeres. Mens sana in corpore sano, ¡qué gran verdad, oh sabio Juvenal, y qué gran tragedia que no hayas sido comprendido!

domingo, 7 de marzo de 2010

Doble elección


Estoy sentado junto a la fogata esta noche fría como sólo pueden serlo las noches de invierno. El fuego crepita, como un ente vivo. Quizá esté orando a Prometeo, el hombre-mito que trajo este bien preciado a la humanidad tras robarlo a los dioses. Pero desvarío, y ello no es propio de un espartiata.

A la luz amarillenta de la hoguera recreo el encuentro que he tenido esta tarde, cerca de aquí. Estaba sentado, descansando bajo una gran higuera, cuando he visto en la lejanía dos figuras que se acercaban hasta donde me encontraba. Al aproximarse las pude identificar con claridad: uno era un hombre alto, bien vestido, de cutis limpio y sonrisa amable; el otro era más bajo, de aspecto desaliñado y risa amplia que retumbaba en las colinas, pero que acababa en ecos amargos, casi desagradables.

Al llegar junto a mi lado ambos hombres hablaron a la vez:
-Te ofrezco venir conmigo, y te daré a cambio un don.
Entonces comenzaron a discutir entre ellos, quitándose mutuamente la razón, sin que ninguno esgrimiera alguna. Intervine y les pedí que me dijesen que me ofrecían.
-Yo te ofrezco el don del intelecto – el hombre de la sonrisa impertérrita se alisó sus ricas vestiduras.
-Yo te daré el don de la fuerza infinita – y agitó su puño en el aire como si quisiera golpear a todos los dioses habidos y por haber.
-¿Para qué quiero esos dones? – respondí, mientras los miraba con fijeza.
-Para gobernar sobre los demás – me contestaron ambos a la vez.
-Y yo, a cambio ¿qué os he de dar?
-Sólo deberás obedecer a quien es tu superior – dijeron a la vez los dos distintos hombres.
-¿Quién es mi superior? – sonreí porque imaginé su respuesta posterior.
-¡Éste! – y a la vez hablaron, y al mismo tiempo sacaron de la nada una bola de cristal en la que estaban contenidos todos los bienes materiales que pudiera soñar –Para Él vivirás, y Él te proveerá.

Me giré y les di la espalda, y me alejé de ellos a paso ligero, ignorando sus cantos de sirena -llenos de promesas vagas y de amenazas subrepticias- para no contaminarme de sus palabras y sus miserias. Porque el hombre libre es aquel que no se ata a nada ni a nadie, y que no vende su fidelidad a bolas de cristal que pueden romperse al menor golpe de aire. ¿De qué sirven el poder y la gloria, el intelecto y la materia, si uno está tan atado a ellas, que se convierte en esclavo y no es dueño de su vida?