sábado, 22 de mayo de 2010

La ley del embudo


Resulta paradójico que, en tiempos de crisis, las sociedades actuales o, más exactamente, los gobiernos de cada nación decidan que sean los ciudadanos más débiles los que hagan más sacrificios, y sean incapaces –o no quieran- obligar a los que más tienen a contribuir con sus riquezas al bienestar general.

Carecen de la Gran Retra, y también de un moderno Licurgo que aparte a tanto profesional de la cosa pública y redacte leyes que, sean buenas o malas, al menos sean coherentes. Viven los hombres y mujeres de este siglo en un despropósito continuo, y pervivenen el engaño del sistema, falsamente llamado “democracia”.

¿Se puede llamar “democracia”, ese invento ateniense que nació entre ciudadanos adinerados e intelectuales de una élite de poder, a este sistema en el que el pueblo no hace otra cosa que elegir a sus gobernantes cada cuatro o cinco años? Pero es que, además, no pueden enviarlos al ostracismo si son malos dirigentes o sus leyes perjudican: han de vivir con ellos y ver, con cierto derrotismo, como ascienden en el escalafón del poder y viven a costa del erario público.

No debe ser así. Si todos los ciudadanos son iguales, por el simple hecho de serlo ninguno de ellos ha de obtener privilegios por su condición, y nadie ha de hacer más sacrificios que el vecino salvo -y esta es la gran excepción de Licurgo- el que está en la cúspide del poder. Aquí se demuestra donde están los grandes hombres, y donde persisten las grandes sociedades.

Lo demás, es pura engañifa. Mero descalabro. Necedad que había que arrojar desde el monte Taigeto.

domingo, 9 de mayo de 2010

Del gobierno de los más jóvenes


Acostumbrado a que la Gerusia decidiera todo, o prácticamente todo, en Esparta, aunque la Apella, la asamblea popular tuviese, en teoría, la última palabra, no acabo de entender el funcionamiento de la mayoría de las sociedades más avanzadas del mundo en el que estoy instalado.

Quizá no debí abandonar la ruinosa memoria de mi ciudad de origen y, como Demóstenes, tendría que haberme conformado con dormitar bajo la sombra de un olivo y tomar el sol en los cálidos y brillantes atardeceres griegos. Pero la decisión fue tomada ya hace tiempo, y no hay marcha atrás.

Vivo en un mundo que, a pesar de estar dominado por hombres maduros, muchos de ellos rozando la ancianidad o inmersos en esa etapa final de la vida, compone, crea, fabrica y vende a una población que está aún en la pubertad. Sobre todo en el arte. Cierto que el arte no es la mayor de las satisfacciones para un espartano; ni siquiera es considerado en muchos de sus aspectos. Pero sí es cierto que las sociedades avanzan gracias a la sabiduría que dan los años y a la experiencia del tiempo vivido. Y de ambas cosas carecen los jóvenes.

¿Está el arte en manos de rapsodas impúberes, que poco o nada saben del amor en sus múltiples variantes, o de la vida en sus infinitas posibilidades? Si es así, como me temo, no es de extrañar la decadencia que vienen mostrando todas las artes desde que el poder de decidir y comprar pasó a los menos sabios.

Tal vez me dejo llevar por mis siglos de vida, y la nostalgia de lo perdido –esa juventud guerrera que jamás retornará- me haga decir, como a los viejos denostadores: ¡qué buenos eran aquellos viejos tiempos!