sábado, 27 de agosto de 2011

Neguémonos

Somos, básicamente, perfectas negaciones de lo que pretendemos ser. Cúmulos de errores, pirámides de contradicciones, laberintos de ideas. Pero somos tan ingenuos, o tan falsos con nosotros mismos, que pretendemos llegar a conclusiones válidas cuando apenas sabemos lo que queremos. Realmente, devenimos en auténticos fracasados en la búsqueda de la perfección, ese objetivo del ser humano, tan eterno y tan imposible de conseguir.

Neguémonos la posibilidad del acierto, el éxito falseado, las metas inútiles. Nada merece la pena ser vivido en plenitud porque en la propia plenitud hallamos el vacío más intenso, ya que la plenitud, en su sentido amplio, es la falta de objetivos bajo la excusa de que éstos ya se han alcanzado. Neguémonos hasta morir.

Quizá se pueda decir que Cioram, ese despojo intelectual que fue incapaz de aplicar en sí mismo su propia filosofía –lo que confirma el fracaso colectivo del ser humano- se manifiesta a través de estas líneas. ¡Nada más lejos de la realidad! Cioram, como buen filósofo europeo, o sea, decadente, jugaba con las palabras mientras hacía de su vida un sayo donde podía introducir tantas banalidades como le era posible.

Neguémonos; tal vez ese sea el paso primigenio para llegar a ser auténticos.

sábado, 13 de agosto de 2011

La droga del siglo XXI

La televisión, ese invento que podría haber hecho grande a la humanidad, se ha convertido en el instrumento básico para drogar a la masa. No hay mejor estupefaciente que aquél que evade del mundo real, que engaña a los sentidos sin dañarlos profundamente. Los líderes y consejeros de las televisiones de todo el mundo lo saben, y como buenos médicos, no toman ellos mismos un medicamento que es altamente dañino para la salud mental de las sociedades.

Desgraciadamente, los programación que hoy se estila –que perdurará, y no me equivoco, por los siglos de los siglos- no busca sino profundizar en esa ignorancia, papanatismo y dejadez en que se mueven las sociedades actuales. El Poder sabe lo que necesita para mantener el status quo actual, y utiliza los medios que tiene a su alcance para hacerlo.

La masa, ese extraño cuerpo moviente utilizado por tantos oradores y revolucionarios de todas las tendencias a lo largo de la historia, es un elemento flexible, manejable y fácilmente manipulable. Un ente colectivo, en definitiva, sin cerebro, con unas pautas de conducta que pueden utilizarse hábilmente, y con un poder devastador aunque casi nunca encauzado de forma correcta.

La televisión, en definitiva, sirve de opiáceo para que esa devastación, demoledora y transformadora de las realidades, nunca brote.

sábado, 6 de agosto de 2011

El político animal


El hombre es un animal político, se dice, y con razón. Yo añadiría que el político es un animal, a secas, tan influido está por sus propios ideales, convenciones, normativas internas de partido, intereses y, sobre todo, ese afán absurdo y degenerativo de la inteligencia, que es llevar la contraria al adversario político, aunque éste pueda tener la razón o buena parte de ella.

Este tipo de animal, a mitad de camino entre la alimaña carroñera –pues se vale de los desequilibrios o carencias de la sociedad para medrar- y parásito que chupa la sangre de sus conciudadanos para poder sobrevivir, se perpetúa en su puesto; se traslada de un sitio a otro, como un cometa para, una vez alcanzado el poder o la sombra del mismo, no querer dejar su sitio, y se considera, por motivos que sólo él, tan sabio e incorruptible, sabe, imprescindible para que el proyecto, su proyecto, siga adelante.

Estos seres tan especiales, carentes en el ejercicio de su profesión de una ética coherente y cartesiana, mienten con una soltura que, si no fuese por el daño que causan a los cimientos de una sociedad ya de por si propensa a la corruptela, serían merecedores de un monumento erigido por esas sociedades modernas actuales, esas democracias que han convertido a sus políticos en el centro de la vida social, y que han transformado el voto en la sangre de esa misma sociedad, ignorando, o negando la evidencia, que los virus también utilizan el flujo sanguíneo para infectar el organismo.

Francisco J. Segovia©Todos los derechos