viernes, 30 de diciembre de 2011

Los pequeños detalles

Lo que da sentido a la vida no son los grandes acontecimientos, ni las trascendentales obras, sino las cosas pequeñas, que casi no tienen importancia. Son los pequeños sucesos diarios los que nos llenan –o nos deberían llenar-, los que nos “fabrican” y hacen que seamos como somos. Lo que sucede es que por ser tan pequeños, tan “casis” no les damos importancia alguna... hasta que nos faltan.

Una vida repleta de hechos importantes no tiene por qué ser una vida magnífica; fiestas, heroicidades, creaciones geniales, amores inmortales... son sólo accidentes que acaecen. Hay que dar más importancia a los detalles; el beso de una persona amada, el olor de una flor, un amanecer en primavera, o el canto de un pájaro.

El problema es que no le damos importancia a lo que vivimos todos los días que es, precisamente, lo que hace que seamos y sigamos siendo, con nuestros adorables defectos y nuestras detestables virtudes.

FELIZ AÑO NUEVO

viernes, 23 de diciembre de 2011

Los cuatro jinetes

Muerte, hambre, terror, injusticia... Los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan por todos los rincones de la Tierra. Millones de seres humanos mueren cada año víctimas de ellos.

El Hambre acaba en el Tercer Mundo con un niño cada 20 segundos. En el tiempo que dura un partido de fútbol fallecen 270 niños de hambre en el mundo. Empresas como NIKE o ADIDAS explotan el hambre pagando salarios míseros. En el mundo “civilizado” se destruyen alimentos porque sale más caro sacarlos al mercado que regalarlos a los más necesitados.

La Peste, las enfermedades, como el SIDA, la Lepra, el cólera, o un simple resfriado, acaban también con millones de seres humanos en el planeta. África terminará convirtiéndose en un enorme erial, vacío de hombres y mujeres, azotado por todas las plagas habidas y por haber. Una simple vacuna, de coste mínimo, salvaría muchas vidas, pero tampoco parece existir dinero para subvencionarla. Un fusil de asalto vale tanto como miles de esas vacunas y, en cambio, abundan en muchos de esos países necesitados de medicinas.

La Guerra, eterna compañera del ser humano, sigue destruyendo vidas y haciendas en países de los que nadie se acuerda salvo para emitir imágenes de los sucesos bélicos. Todos los contendientes son armados por no se sabe quién o qué interesados. Armas que proceden de muchos países de Europa o EE.UU. Armas que se venden en circuitos ilegales o, peor aún, directamente por los gobiernos que favorecen su fabricación. Pero nadie dice nunca de dónde proceden esas armas “legales”.

La Muerte, como reina de los cuatro jinetes, sonríe, muestra sus blancos dientes envueltos en el negro ropaje que siempre la ha caracterizado, y sigue cabalgando, invencible, sobre los campos de la Tierra.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Los ríos de Heráclito

La vida transcurre siempre de forma parsimoniosa, como un río, bien lo dijo ya Jorge Manrique. Como un río, tiene momentos en que está tumultuosa, en otras ocasiones, transcurre suavemente, formando suaves meandros. A veces se precipita en rápidas cascadas o transita entre abruptos desfiladeros sin atisbar cielos u horizontes. Finalmente siempre acaba en el mismo lugar. Y como un río la vida hay que verla en conjunto, contemplando todo el trayecto recorrido.

Difícilmente la comprenderemos si sólo vemos las cascadas, o el riachuelo inicial, o su desembocadura en el mar eterno. Lo que es el río al final, o a mitad de su trayecto no surge por encantamiento, ni de forma espontánea: a lo largo de su discurrir ha sufrido modificaciones, alteraciones en su curso, aportaciones de afluentes, precipitaciones... y no es el mismo río de unos instantes atrás, de hecho nunca es el mismo río, como diría Parménides.

Cada uno de nosotros y nosotras es un río particularísimo, diferente, único... no pueden pretender igualarnos a todos en la monotonía de un trayecto. No somos corderos a los que se puede decir por dónde ir, ni ríos a los que se pueda contener con embalses de palabras y de normas.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Perder el Tiempo

“Perder el tiempo”. ¿Qué es perder el tiempo? ¿Ver pasar, tumbado sobre el sofá, o sobre la yerba, los minutos, las horas, sin hacer absolutamente nada? ¿Y qué es “hacer algo”? ¡Reivindiquemos el derecho a no hacer nada!, a “perder el tiempo” de una forma inmadura, infantil, adolescente, sin vernos en la obligación de practicar alguna afición como una forma de “matar” a ese tiempo omnipresente.

El tiempo no es enemigo de nadie... tampoco es amigo de cualquiera: es una dimensión más; un lugar donde estamos a cada momento, pero que va transformándose continuamente. No se pierde lo que no se tiene, y el tiempo, por inmaterial, no se puede poseer. Nadie es dueño más que del segundo en que nota latir su corazón; ni lo es del segundo anterior, que ya pasó, ni lo es del siguiente, que está por venir y nunca es seguro que llegue.

¿Es todo esto un cúmulo de contradicciones? No creo que sea así porque, realmente, cuando uno piensa que, haga lo que haga, el final será el mismo -y esto no es un alegato al nihilismo-, necesita tumbarse sobre el sofá, o sobre la yerba, los minutos, las horas, sin hacer absolutamente nada… al menos hasta que el estómago pida de comer, la boca se quede seca, o la siempre persistente conciencia -que se carga de remordimientos- despierte el deseo de hacer algo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Esopo y las circunstancias

Una fábula de Esopo: “Un hombre con canas tenía dos amantes, una joven y otra vieja. La de más edad, avergonzada de tener trato con uno más joven que ella, no dejaba, cuando venía a estar junto a sí, de arrancarle los pelos negros. La más joven, tratando de disimular que tenía un amante viejo, le arrancaba los blancos. Y así, depilado por turno a manos de una y otra, llegó a quedarse calvo.”

Y así, al igual que el cuentecillo español del hombre y el niño que van con el burro, nos encontramos en la vida: todo el mundo tiene su opinión y no podemos dejarnos llevar por el oleaje, porque nos llevaría de un lado para otro, sin rumbo fijo.

Hay que hacer lo que hay que hacer. Quizá, el auténtico ser humano libre sea el que va contra las circunstancias de su tiempo y contra la opinión de la mayoría, como dijo Nietzsche, y todo lo demás no sea sino vivir al ritmo que marcan otros. Dejarse llevar puede significar quedarse calvo –vacío- de esperanzas y de memoria.

El camino. Eso es lo único que importa. El camino que nos marquemos. Lo demás es superfluo, como la vida misma.