viernes, 24 de febrero de 2012

Como rosas en el jardín

Nos quieren controlar, como si fuésemos rosas en un jardín. Nos quieren ver “crecer” a su manera, que nos movamos, hablemos e, incluso pensemos como ellos digan. No les basta con tenernos callados y medio dormidos: no, pretenden introducirse en nuestras mentes, manipularlas desde allí, silenciar cualquier atisbo de réplica. Nos quieren convertir en máquinas obedientes y bien engrasadas.

Por eso preparan proyectos de ley para controlar los medios cibernéticos de comunicación, y se suben a lo alto de la columna, como Simón del desierto, para predicar sus “triunfos” y despreciar a los que los califica de falsos e insolidarios. Por eso las “noticias” no son sino lo que las diez agencias de comunicación más poderosas del globo quieren que llenen los informativos. No somos sino un rebaño al que tener callado mientras se enriquecen y declaran guerras allí donde necesitan defender sus exclusivos intereses económicos.

Nos quieren alienar para seguir medrando, para seguir echando abono (los cuerpos de todos los que mueren por causa de las desigualdades de “su” sistema) a un árbol que está corrompido hasta sus raíces. Y parece que lo pueden conseguir... a no ser que tomemos las calles.

viernes, 17 de febrero de 2012

El Gran Hermano

¡Ay, el “Gran Hermano! No es un programa de televisión, no, ¡ojalá sólo fuese eso! Entonces sí que podríamos librarnos de él pulsando el interruptor. No, el “Gran Hermano” está a nuestro alrededor, invadiendo el ambiente, infiltrándose por cada uno de los poros de todos y todas nosotros y nosotras. Nos empapa, nos ahoga, nos transforma, nos convierte.

El “Gran Hermano” sigue incansable su senda; el camino único, el horizonte despejado que debemos mirar como alternativa válida. El camino sin cruces, sin atascos, sin desvíos... Todos en fila india, siguiendo a un “líder” incuestionable. Todo el mundo dejándose llevar, que es más fácil.

El “Gran Hermano” nunca duerme, no hay que confiar en él, aunque venga vestido de bella dama o galante caballero.

viernes, 10 de febrero de 2012

La dictadura de las mayorías

El sistema actual en el que se defiende a las mayorías peca, muchas veces, de prepotencia, imposición, desprecio a las minorías o al que piensa o es diferente. Quizá sea uno de los fallos de la democracia que habría que intentar corregir de algún modo.

Si la mayoría decide algo, hay que acatar inmediatamente ese algo por parte de todos, incluso de los que no han estado con esa mayoría. La mayoría, incluso, a veces no es más que la mitad más uno, y la minoría, la mitad menos ese uno. Las minorías son las grandes discriminadas de este tipo de sistemas.

Por supuesto, no intento decir que esto siempre sea malo, ni mucho menos, pero sí que puede provocar incongruencias, absurdos e injusticias. Que una cosa o hecho sea apoyado por la mayoría no es sinónimo de razón, solamente de fuerza. La razón es otra cosa, diferente, que puede no coincidir con la mayoría.

Lo contrario de la mayoría, la dictadura de una minoría, también es para echarse a llorar. Puede ser que la decisión de esa o esas personas de la minoría sea razonable, pero también puede obedecer a intereses de la minoría a la que representan.
De una u otra forma, siempre estamos rayando en la línea que separa a las personas de los lemmings, esos animales que, cada cierto tiempo, se reúnen en grandes rebaños, recorren una enorme distancia, y se arrojan por unos precipicios al mar, para morir allí destrozados o ahogados... sin motivo aparente, sin razón alguna.

sábado, 4 de febrero de 2012

¡Romped las cadenas!

Dicen –las mayorías, como siempre- que a los veinte años todo el mundo quiere cambiar el mundo; que a los treinta sólo pretende cambiar lo más evidente; que a los cuarenta se renuncia a cambiar todo; a los cincuenta incluso se justifica la sociedad en que se vive; y a partir de los sesenta se odia cualquier tipo de cambio. Eso dicen las mayorías... razón de más para llevar la contraria.

¿Significa eso que los jóvenes son estúpidos por idealistas y que esa “enfermedad” se cura con los años? ¿Justifica esa actitud que las sociedades persistan en sus errores y avancemos, cuando lo logramos, muy poco a poco? En absoluto. Los prejuicios son perniciosos, lo que se da por sabido, más aún. Nada hay escrito hasta que nosotros empuñemos el estilete y escribamos sobre la dura piedra lo que pensamos del mundo.

Si con veinte se es idealista, con sesenta se ha de ser aún más idealista. ¿Por qué? Porque ya no hay nada que perder, sólo la vida –que ya está cerca de las penumbras- y también –como siempre- las cadenas. ¡Romped las cadenas!