viernes, 30 de marzo de 2012

Murmurar en el desierto

Casi nunca es suficiente murmurar en el desierto. Los susurros sólo son efectivos cuando se hacen ante el oído de una persona amada. El desierto no entiende de palabras bellas, ni de gestos, ni siquiera de aspavientos; sólo la arena es dueña y señora de sus espacios. Por eso, no basta murmurar injusticias y desasosiegos, hay que gritarlos: para que la voz agónica reverbere en ecos constantes entre los pedregales y las arenas del erial que nos puedan rodear. Hay que romperse a gritar: dejarse los pulmones y la voz para que, al menos, el aire y la tierra del desierto puedan saber de nuestros desvaríos.

El silencio es cómplice. Decía Lawrence de Arabia que el desierto le gustaba porque estaba limpio... Pero la limpieza no es sinónimo de justicia; como mucho, de asepsia, y ésta, por ajena a la naturaleza, puede ser tan falsa como los cristales de la feria que deforman los reflejos. El desierto produce esos silencios, provoca esa sensación de abandono en la que cualquiera se puede dejar llevar -al más mínimo descuido- y morir en vida, deambulando, finalmente, por esos espacios repletos de vacío.

No, no odio al desierto por ser desierto, sino por la soledad que acompaña al caminante, por el silencio que intenta imponer a sus habitantes, por la forma tan cruel que tiene de cubrir las osamentas de sus víctimas con una áspera sábana de arena. No puedo odiar el desierto porque está con nosotros desde siempre; del nacimiento a la muerte. Pero sí hay que procurar no susurrar en el desierto, porque no sirve para nada. Hay que gritar, desahogarse, romper las cortinas de acero que lo limitan por todo su perímetro y, quizá, atisbar a su través algún oasis, o una utopía.

viernes, 23 de marzo de 2012

A impulsos

Nos movemos a impulsos. Caminamos por la vida al ritmo del latir de nuestros corazones –o de corazones ajenos-, a veces de una forma segura, a veces despistados e insensibles. No valoramos lo que tenemos hasta que no lo hemos perdido o hemos estado a punto de perderlo definitivamente: entonces paramos, reflexionamos y nos decimos que hay que dar mayor importancia a las cosas leves, a lo intangible más que a lo material, al beso más que a la intención, al hecho no a la frase. Después, volvemos a caer en ese caminar impulsivo, otra vez despistados, la mayor parte del tiempo.

Conforme más hemos avanzado –o retrocedido, nunca se sabe- ese camino más tendemos a echar miradas hacia atrás, no para ver si nos siguen nuestras sombras sino para intentar atisbar los cadáveres de los que fuimos. Delante de nosotros siempre existe la bruma que nos impide ver el camino, atrás la bruma se va espesando, y el mismo camino empieza a ir difuminándose. Somos como un gran barco, solitario y fantasmal, perdido en la niebla.

Entre los impulsos que nos mueven y el camino que recorremos, somos.¿Qué somos? La eterna pregunta. Somos lo que somos, eso, al menos, es lo que yo pienso, pero es que no hay otra forma de definirnos, porque somos un cúmulo de contradicciones, de incongruencias y de variantes que hacen que, afortunadamente, nunca seamos los mismos y las mismas, que cambiemos a cada instante.

Eso sí, queda la esencia. La esencia quizá sea la brújula que nos indica el camino o, por lo menos, nos orienta un poco.

viernes, 16 de marzo de 2012

Prohibid que os prohiban

¡Prohibid que se os prohíban! Esta pintada la leí, hace ya mucho tiempo, junto a un letrero que ponía: “Prohibido pegar carteles”. Entonces me hizo gracia, hoy me identifico totalmente con esa pintada. Quien prohíbe, teme. Quien gobierna, ocupa el poder, decide e impone, tiene como uno de sus principales hábitos, prohibir.

No hagan esto, no digan eso, no se muevan de allí, no alcen la voz, no griten, no, no, no... Y, al final, tantos noes convierten la vida en una negación, que es el peor atributo que puede tener esto en lo que estamos todos y que dura tan poco.

Hay que estar en contra de las prohibiciones porque sí. Cuando se prohíbe es porque no se ha sido capaz de convencer.

viernes, 9 de marzo de 2012

Pena de muerte

¡Miseria humana! ¡Desprecio por la vida ajena! ¿Acaso la inteligencia es enemiga de la naturaleza? La venganza es producto del odio, y el odio es impotencia.

Sí, ¡bailad, bailad, malditos! Disfrutad viendo por televisión la ejecución del asesino de vuestros familiares y amigos. Recrearos en su agonía. Observad, con una sonrisa en vuestros labios y la saliva chorreando por sus comisuras, cómo le sujetan a la silla con correas de odio y venganza, cómo le cubren el rostro, cómo le inyectan la letal sustancia, cómo se contrae durante un breve momento y os entrega su alma... a vosotros, el diablo mundo.

¡Reíd, reíd, malditos! La venganza es un placer de dioses, la impotencia en su máxima expresión. Ahora, con el asesino muerto, podréis revolcaros en la tumba llena de estiércol en la que habéis convertido vuestra vida sin sentido, porque una vida que busca la muerte de otro no es sino una pérdida de tiempo.
No os llamaré animales, porque sería insultar al reino animal. Ni os llamaré humanidad, porque no merecéis ese nombre. Al final, creo que me dais más lástima vosotros, amigos de la venganza, que el ejecutado.

Y todavía hay algunos que abogan por la pena de muerte. ¡Miseria humana!

sábado, 3 de marzo de 2012

Esto es el paraíso

Una anciana mira con ojos cansados y corazón degastado una mísera pensión que apenas cubre sus necesidades. Un bebé abre sus ojos, escrutando con interés el misterio continuo que le rodea. Una madre reza por su futuro mientras se toca el hinchado vientre y aspira a que su hijo nazca en un mundo mejor. Jóvenes que buscan un lugar bajo el sol donde huir del hambre, se arriesgan en la noche, sobre las aguas revueltas y malditas que quieren cobrarse su cuota de carne.

Hay una patera abandonada en la playa. Un cuerpo desnudo y muerto aparece en la arena. Las cárceles están llenas de desesperados. Hay un explotador con su repugnante red acechando entre fresales e invernaderos. Una chabola se cae a pedazos y, en su oscuridad, veinte hombres se reparten espacio y alimentos. Cinco educados políticos discuten sin cesar el sexo de los ángeles.

Ya no restallan látigos de siete colas, ni hay largas filas de esclavos encadenados por el cuello, pero las condenas siguen siendo las mismas, aunque se vistan con otros ropajes.

Esto es el “paraíso” que nos vende el sistema.