viernes, 25 de mayo de 2012

La razón de la fuerza

No es igual la fuerza de la razón que la razón de la fuerza. En este caso el orden de los factores sí que altera –y mucho- el producto.
Vencer, derrotar al enemigo en un campo de batalla, sea cuales sean las circunstancias concretas, no significa necesariamente que se tenga la fuerza de la razón, tan sólo que se es más fuerte. Por supuesto, la Historia la escriben siempre los vencedores, y son ellos los que deciden quién es el bueno y quién es el malo de esa historia.

Estudiando con detenimiento la historia nos encontramos con un continuo enfrentamiento entre Imperios o poderes estatales interesados en mantener su dominio sobre el resto de adversarios. Es una lucha maquiavélica, en donde todo vale con tal de mantener el status quo interesado. Una gran partida de ajedrez donde muchas piezas son prescindibles, donde se puede, incluso, cambiar las normas de juego, pero la base siempre es la misma: derrotar al rival.

Tener más cañones, bombas, aviones, barcos o soldados no da la razón, ni la quita, sólo es una circunstancia más, determinante, eso sí, en las relaciones internacionales de todas las épocas. Es como en las películas: el bueno da una soberana paliza al malo, y eso “demuestra” claramente que tiene razón. A veces, claro, el que recibe la paliza es el bueno (recuérdese “La Ley del Silencio”, con Marlon Brando), lo que tampoco le quita la razón y, al mismo tiempo, demuestra que la fuerza no es sinónimo de justicia.

viernes, 18 de mayo de 2012

Imponiendo cultura

Cuando los conquistadores españoles llegaron hasta las tierras gobernadas por los aztecas, se quedaron sorprendidos, aterrorizados y enfurecidos por las costumbres y prácticas religiosas de los indígenas: sacrificios humanos, canibalismo, rituales fanatizados, templos repletos de calaveras e intestinos... Todo el mundo religioso azteca rezumaba sangre, violencia, idolatría, satanismo... Era todo lo contrario a la “civilizada” cultura europea de donde procedían los “cultos” españoles.

Así que se pusieron manos a la obra: destruyeron templos, ídolos, ciudades, culturas; exterminaron pueblos enteros; los esclavizaron, humillaron, aniquilaron. Convirtieron a las mujeres en concubinas a la fuerza, y a los hombres en esclavos para canteras, minas y granjas. Impusieron su religión católica, superior, civilizada, progresista, y “demostraron” al mundo y a la historia que Occidente, una vez más, era superior ética, económica y militarmente a las demás culturas.

Millones de indios murieron: fue el coste que hubo que pagar para acabar con la “sangrienta y medievalista” religión azteca. Occidente puso sus cruces sobre los antiguos templos. El nivel de vida subió rápidamente, aunque sólo para esos “maravillosos” soldados españoles, y la cultura azteca se murió de golpe, como diría Neruda, arrastrada por la corriente del “progreso”.

Esa es la Historia. Nunca se repite exactamente, pero tiende a reciclarse de continuo… incluso hoy en día.

sábado, 12 de mayo de 2012

Abandonad la torre de marfil

Cada día que pasa, después de cada latido del corazón, tras cada nuevo paso por el camino que es la vida, estoy más convencido de que hay que seguir luchando por todo lo que uno crea que merece la pena luchar, sin importar si es una utopía o una pérdida de tiempo, sin valorar su coste o su beneficio; sólo por el simple hecho de saber que se puede hacer algo más tener una actitud contemplativa y pasiva, refugiado en una torre de marfil donde nada ha de suceder y nada interesa que suceda.

Luchar, por lo que uno cree y piensa que es justo. Luchar, no sólo por lo que pueda beneficiarnos –que eso es fácil y lógico- sino también por aquellas cosas que no nos afectan directamente. Caminar, sí, pero sin dejar de mirar a los lados: para ver, para ayudar o para combatir, sin caer en el fatalismo y sin dejarse llevar por la monotonía.

Hay que abandonar la Torre de Marfil, y decir –y decirnos- que las cosas pueden cambiar, y que mover una sola piedra de los cimientos del edificio donde se esconde la injusticia y el caos quizá no sea suficiente, pero por una piedra se empieza...

viernes, 4 de mayo de 2012

La caída de un imperio

Octavio Augusto grita en su trono, aúlla improperios contra su maldito general, Varo, que al frente de varias legiones ha sido derrotado y muerto junto a todas ellas, exterminado por los bárbaros. La Pax Augusta tiembla, los germanos amenazan las fronteras y la civilización romana no puede imponerse a esos hombres altos y rubios, vociferantes y salvajes que sólo conocen la religión de los druidas y el tribalismo.

Octavio Augusto exige con rapidez una venganza. Mira a su alrededor y ve a sus acompañantes: su hijastro Tiberio, de mirada soslayada y fría; a Calígula jugueteando cruelmente con un pobre gato; al estúpido de Claudio babeando de forma harto miserable... Ve a sus posibles sucesores, y a su esposa, Lyvia, flotando sobre todos ellos, con su sonrisa de esfinge.

“Varo, devuélveme a mis legiones”.

El Imperio tiembla en los cimientos. Nada es eterno y los bárbaros, a pesar de todo, tomarán el relevo.