viernes, 28 de septiembre de 2012

Ríos de Heráclito

Invento una extraña nave, digna de una mente que se retuerce en sus propios intersticios, y remonto con ella la corriente fluvial que siempre permanece y nunca es la misma. Las orillas se me parecen espejismos, tan difuminadas como la línea de sombra que es la vida transcurrida. ¡Tanto tiempo y tan escaso parece!

Atisbo, entrecerrando los ojos, en lontananza figuras que el recuerdo trae a colación en estos instantes; incluso imágenes completas, como fotografías tomadas en los instantes que reflejan. Tomadas por un dios que es la propia memoria; un dios que se transforma en demonio y continuamente me recuerda: “sólo eres un hombre”.

Allí veo un par de figuras infantiles jugando a la pelota, o reflejando sus sombras contra muros que guardaban misterios que nunca se resolvieron y que siempre fueron causas y finales de cuentos de miedo. Alrededor de una fogata que rompe la oscuridad del pasado, varias figuras danzan una extraña y sobrecogedora música. Una de ellas, tal vez yo mismo hace veinte años, me mira y sonríe enigmáticamente, y yo, Edipo que sabe que no hay enigma irresoluble, tiemblo y me recojo en mi mismo, otra vez, intentando volver al principio.

Sigo remontando el cauce del río, viendo como las márgenes se acercan, como si quisiesen ahogarme antes de que descubra el principio –tal vez, el final- y pueda arrepentirme o, vano intento este mío, encontrar dónde estaba el Paraíso original y dónde empieza el infierno. Llueve ahora, fuerte, insistentemente, y mi cuerpo comienza a desvanecerse conforme el principio –el fin- del río se va transformando en una oscuridad aún mayor que la que ya me rodea. Edipo aúlla, Heráclito aún insiste en que ningún río es el mismo río, pero hay ríos que, recorridos, siguen siendo persistencia de la memoria...

viernes, 21 de septiembre de 2012

Caminar, vivir tal vez

Me levanto de la cama con la sensación de que me hubiesen dado una paliza durante la noche. Me incorporo como Drácula en su ataúd. Me miro al espejo –entornando los ojos para no deslumbrarme con la luz y mi propia perdida mirada- para intentar reconocerme. Me restriego los ojos, me lavo la cara, mi mamá me mima.

Hay días en los que uno se siente incapaz siquiera de dar un paso (en todos los sentidos que se le quieran dar al término), pero el paso siempre se da. No hay más remedio, más salida que seguir caminando, porque es así, solamente así, como hacemos camino.

Apartarse a un lado, dejar que otros u otras decidan, es renunciar a caminar o, lo que es lo mismo, renunciar a vivir. No hablo de un aislamiento parcial –siempre oportuno, siempre constructivo del yo interior-, sino de ese aislamiento, de esa auto-reclusión en la Torre de Marfil donde nos sentimos tentados, algunas veces, de buscar refugio y abandonar esta lucha que es la vida.

Pero la Torre de Marfil no es ninguna solución sino una excusa. La Torre de Marfil es, en realidad, una tumba, el lugar donde dejar reposar nuestros huesos en la conveniente seguridad de que estamos a salvo: tan a salvo como la tierra muerta, o como las aguas que fluyen mansas hasta el olvido marino.

Caminar. Vivir, soñar tal vez, pero caminar. Sobre todo, caminar.

viernes, 14 de septiembre de 2012

La vida de cada cual

Realmente, nos debe importar muy poco lo que opinen los demás de nuestras convicciones, actitudes, gustos y demás cosas que se nos ocurran. La vida que se vive es la de uno, no la de los demás, y punto.

No hay diarios escritos que sirvan para todos los casos, ni siquiera –si se fuerza un poco esta reflexión- sirven para su propio autor. La vida es un diario en blanco, y cada cual debe escribirla según le parezca: con lápices de sangre, de tinta, de bilis o de dulces de fresa. Dejar que otros u otras los escriban es, no sólo de una vagancia vital excesiva, sino una pérdida completa de tiempo y esperanzas.

¡Adelante, adelante, adelante! No paréis, no os dejéis conducir. Prohibíroslo. No hay más vida que esta; la vuestra, la de cada uno, y en ella hay que hacer lo que se piense que se ha de hacer; con equivocaciones, aciertos, burradas, logros, fracasos a medias, renuncias consentidas, asentimientos por mayoría, desencantos, descubrimientos entre los matojos, besos fugaces y no tan fugaces, amores pasados y por venir, consuelos, juguetes encontrados en viejos baúles, páginas poéticas escritas en la adolescencia, confesiones crueles de adultos desencantados, locuras de viejos, polvo que somos y polvo en el que nos convertimos... nosotros y nosotras, en resumen, si es que se puede hacer un resumen de algo tan complejo como un ser humano.

Si hay algo de lo que se puede estar seguro, firmemente seguro, adecuadamente seguro, es de que se está vivo, y eso, recordarlo no está de más, es lo que vale, que después la noche eterna nos acogerá –con paciencia digna de la mejor madre- en su manto silencioso de eternidades en soledad individual.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Humano, demasiado humano

Cada día que pasa soy, si eso es posible, menos “nacionalista” y más ser humano. Cada día las banderas, los himnos, los escudos, las frases rimbombantes y hechas, los símbolos obsoletos y estúpidos, me parecen más absurdos e inútiles. Cada día amo más al ser humano porque sé -en lo más profundo y vital de mi propia existencia - que soy humano, demasiado humano, y que nada que afecte a la humanidad me es ajeno.

Nada me interesan los colores de piel, las idolatrías de cualquier tipo, el sexo deseado o decidido, la frontera que marca y clasifica, el carné que caduca el mes que viene, la lengua materna o paterna. Olvido los antecedentes criminales, morales, éticos o futbolísticos (perdón por el exabrupto) de mi interlocutor o interlocutora. Me río de morales, antimorales, amorales, inmorales, y demás adjetivos calificativos impuestos por la sociedad, la justicia, la ley natural o el derecho divino.

Soy –todos somos, en realidad, si nos miramos profundamente- mi propio Dios. Soy mi propio infierno, mi purgatorio, mi limbo, mi Nou Camp, o mi particular estercolero, pero soy yo, y no el otro. Soy el todo y la nada. Somos el todo y la nada, y no hay alternativa. Como cuando soñamos: nadie manipula el sueño.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Querida odiada dualidad

No hay placer sin dolor, ni luz sin oscuridad. Tampoco existiría amor sin soledad, o felicidad sin tristeza. El mundo está compuesto, básicamente, de dualidades. El Ying y el Yang asiáticos, los eternos contrapuestos. Sin ellos la vida sería tal vez más fácil, más sencilla, pero también mucho más aburrida.

Hay quien no siente dolor. Es una extraña enfermedad, reconocida por la ciencia, en la que, por alguna casuística que desconozco, el enfermo o enferma no siente en absoluto el dolor. Puede parecer una ventaja, pero no lo es: de hecho, podrían estar quemándose los pies en el brasero y no darse cuenta de ello hasta estar completamente envueltos en llamas. Lo que ignoro es si, al igual que con el dolor, les sucede con el placer. Si fuese así, la enfermedad sería doblemente grave.

Siempre la dualidad. ¿Somos los seres humanos, el mundo material en su totalidad, ying y yang, luz y oscuridad? ¿nos movemos como fantasmas con sustancia entre esos dos límites abstractos?