viernes, 30 de noviembre de 2012

Tres películas, tres

Si me preguntaran que tres películas son mis favoritas, o cuáles han influido o influyen más en mi vida diría, sin duda alguna, que son: “Ciudadano Kane”, de Orson Welles; “El Acorazado Potemkin”, de Eisenstein; y “2001, Odisea Espacial”, de Stanley Kubrick.

Por supuesto, tengo otras películas que me encantan, me llenan, por decirlo en lenguaje muy llano, pero estas tres son fundamentales en mi ciclo vital. ¿Extraño, confuso? “Rosebud”, “las escaleras”, “el monolito”: tres mensajes; tres ideas básicas si se lee entre líneas.

“Rosebud”, “Ciudadano Kane”, es la amargura por la pérdida de la infancia, pero entendiendo infancia como ilusión, utopía, ganas de cambiar el mundo. El trineo no es otra cosa que los sueños de la infancia, de la adolescencia.

“El Acorazado Potemkin”, la lucha por la justicia, es la faceta “madura”, intermedia, es la trabazón que da razón al espíritu humano. Sin justicia no puede haber paz, tanto externa como interna. La película, a pesar de su crudeza, es un canto al alma humana. Rebelarse es sinónimo de estar vivo.

“2001, Odisea Espacial”, es un futuro. Es el cambio “mental” (y escribo “mental” entre comillas con toda la intención). No es una película de ciencia-ficción, a pesar de que tenga todos los atributos para que se la califique así: es una película sobre el futuro del espíritu humano, sobre el superhombre (y supermujer). El monolito no es otra cosa que la superación de los vicios de las sociedades actuales, la unidad en un objetivo común: la humanidad. No hay resurrección tras la muerte, pero hay continuidad en la obra realizada.

Tres películas, tres, como se hacían antes y, desgraciadamente, ahora no se realizan: con inteligencia y con corazón.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los hechiceros de la tribu

Los hechiceros de la tribu siguen teniendo un inmenso poder, aún hoy. Siguen decidiendo lo que es moralmente “correcto” e “incorrecto”, y pueden permitirse expulsar de su ámbito a cualquier trabajador o trabajadora simplemente por el hecho de no compartir esa “moral” que defienden, a capa y espada, a hoguera y dictadura, en todos lados, en cualquier momento.

Los hechiceros de la tribu, con sus grandes jefes a la cabeza, siguen sin asumir los gravísimos errores que han cometido a lo largo de su historia. Niegan los crímenes que han manchado sus manos, siguen medrando a costa de los erarios públicos, se enriquecen, pretenden mantener un tipo determinado de enseñanza, vetusta, rancia, obsoleta, y son todavía lo suficientemente hipócritas para acusar al resto del mundo de idolatría, inmoralidad o cualquier otro “pecado” que sean capaces de definir en sus “libros” de “moral”.

Una de las razones por la que la humanidad sigue anclada, en muchos aspectos, en la edad de piedra, es la existencia de estos hechiceros. Son como una inmensa losa, una piedra de molino que impide avanzar firmemente a la raza humana. Sin ellos, sin lo que ellos representan, seguramente el Universo –el físico y el psíquico- estarían abiertos enteramente al optimismo y a la conquista por parte de todos los hombres y mujeres. Sobran, y lo saben, y por ello luchan con más ahínco, como el animal que se nota acorralado.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Caos y cosmos

Se puede ser tan dulce como la miel o tan duro como el granito, y besar con amor de padre y matar con ansia criminal, o descender hasta los infiernos en busca de la amada o crear un infierno particular donde quemar todos los amores. Se puede todo y se puede nada.

Somos lo que somos, como somos, como podemos ser. Somos un cosmos de ideas y particularidades, y un caos en donde se enfrentan, algunas veces, muchas veces, esas ideas y particularidades; somos dados arrojados al azar, pero dados que pueden intentar cambiar su propia suerte.

En la eternidad de esa cosa que nosotros llamamos “Tiempo”, estamos suspendidos como leves partículas, conscientes de nuestra propia insignificancia pero sabedores de que el futuro, aún sin ser nuestro de una forma definitiva, hay que ir moldeándolo día a día, porque no hay futuro ni pasado, sólo presente, y es éste, solo, el que importa realmente dentro del eterno caos de nuestro propio cosmos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El gran juego

Continuamente, los que ostentan el poder, los que se benefician de que el Sistema funcione como a ellos interesa, hablan de “respetar las reglas del juego”. Ante cualquier atisbo de revolución, de rebeldía, de negativa a entrar dentro de los vericuetos del “Gran Juego de la Política” - un trasunto del gran juego de Kypling -, los políticos de la “corrección” echan mano de la tan traída frase.

Las reglas del juego son simples: las que ellos han decidido, elaborado e impuesto, y son inamovibles, casi más que el orden de los libros que componen la Biblia, o la duración de los días y las noches. Un juego donde ellos siempre ganan, aunque digan que pueden perder.

Se considera válido utilizar dados cargados, o bolas magnetizadas. Se pueden marcar las cartas de la baraja, mover las piezas del ajedrez cuando el rival no mira... pero dentro de las normas del “gran juego”, la principal de las cuales es: que no se den cuenta de que esto es una farsa.

No se quieren los cambios por dos motivos básicamente: por inmovilismo neuronal, y por egoísmo. Los cambios son peligrosos, pueden repercutir negativamente en los “privilegios” de los que los impulsan. El pueblo, en cambio, convertido en mera estatua que asume ese juego de unos pocos, nunca levantará la mano contra su amo-creador.

viernes, 2 de noviembre de 2012

De lo que no sabemos

¿No es cierto, ángel oscuro, que atravesamos el tiempo al igual que las estrellas fugaces rasgan el velo del firmamento, sin dejar nada a nuestro paso salvo una estela leve que desaparece rápidamente? ¡Ah, demonios de la conciencia que herís sin pausa al pobre mortal que se pregunta, cuando cesa en sus espasmódicos movimientos y, en la quietud de la meditación, siente un vacío interior que debe rechazar porque implicaría su condena!

Hay más cosas en la tierra de las que podemos conocer, Horacio, y más cosas dentro de nosotros de las que queremos reconocer. El tiempo las va desmadejando, como parca infinitamente paciente que no se aparta de la rueca donde se tejen todos los sueños y las pesadillas, las realidades y las metamorfosis, los pasados y los futuros en ciernes. El Tiempo, la palabra indefinida a la que pretendemos imponer unos límites, marcar unos números en donde se contenga... medir lo imposible, lo que carece de mesura.

Araño el cristal del espejo del reflejo de una sombra, floto sobre mí mismo, contemplando un cadáver de un viejo roble hendido por el rayo, y Ella, ángel oscuro, toma mi mano y la aprieta con firmeza. Lo viejo yace sobre un camastro, y una luz brillante rodea el nacimiento, lo nuevo que surge, cual ave Fénix, de las cenizas y el aprendizaje llameante del pasado fenecido.