sábado, 29 de diciembre de 2012

El sexto sentido

Mis ojos no saben distinguir olores, ni mis manos palpar sensaciones, ni mi pecho cobijar tempestades, ni mi conciencia asumir visiones. Es imposible para todo el mundo sentir con sentidos diferentes particularidades propias de cada uno de ellos. Pero existe un “sexto sentido”, nada esotérico, ningún “resplandor” que nos ilumine en los momentos tenebrosos de la existencia, que avisa, proclama, grita en algún segundo muy determinado: “esto es, esto no es”. No hay explicación, es imposible definirlo científicamente. Podríamos llamarlo ¿intuición? o ¿empatía?, sin por ello restringirlo al ámbito de lo femenino o de lo mágico o mistérico.

Ese sentido particular es el que hace que podamos ver el olor de la rosa en primavera, o palpar el llanto de un hambriento, o saborear la promesa de un cuerpo prometido repleto de deseos y concavidades para explorar. Es todo eso y mucho más. Inmersos en la cotidianidad, en el absurdo vivir arrastrándose por los caminos ya trazados, sólo vemos con los ojos, escuchamos con los oídos, besamos el canto frío de las monedas y la árida superficie de los billetes de banco. Empantanamos los sentidos, ocultamos los instintos que son los que, en última y primera instancia, estimulan la ¿intuición? o la ¿empatía?, y morimos.

No todo está perdido, nunca, en ninguna circunstancia –salvo en la suprema oscuridad de la noche eterna- y, en esa lucha porque el instinto supere a una razón ofuscada y atascada a la vez en una vía muerta, debemos estar, sino siempre –imposible, imposible... – al menos, un instante supremo de cada día.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Auto de fe

Hay que ser muy hipócrita, o muy estúpido, para condenar la sexualidad cuando se ha renunciado a ella de forma voluntaria. Los eunucos mentales que todavía habitan por estos lares -¿será un castigo infernal consecuencia de algún pecado primitivo?- son capaces de hablar de lo que no saben, con el valor que da la ignorancia o el fanatismo, y condenar a los que no obedecen sus dictados. La espada flamígera ondea en sus manos, siempre dispuestas a tajar miembros y cabezas para imponer de forma clara el concepto divino de lo que deben ser el hombre y la mujer.

¡Ah, la Ley Divina! ¡Ah, las normas no escritas dibujadas en los genes por la mano de Dios! Las tiaras se alzan en loor de multitudes trashumantes que suben a la montaña de san Pedro a pastar de las palabras del césar en la tierra.

El Pecado, el crimen de la conciencia, gravita sobre la Humanidad. La civilización occidental, de viejas raíces greco judías, tiene cimientos compuestos de osamentas de comedores de peces y habitantes de catacumbas. Los palios ya no cobijan sangrientos dictadores, ni cuervos negros como la noche eterna bendicen cuadros de Goya en amaneceres sangrientos, pero quieren seguir fustigando con el látigo de siete colas de la conciencia e incinerar visionados demonios en hogueras imaginarias, anclados en pasados que ya saben perdidos y enterrados.

sábado, 15 de diciembre de 2012

La verde Irlanda

Irlanda, la bella y verde Irlanda. Siento debilidad por Irlanda y los irlandeses, no sé si es por esa tendencia natural de simpatizar con los débiles y los oprimidos, o tal vez por el encanto que emanan sus tierras y sus gentes, o por ambas cosas al mismo tiempo.

La tierra de Tara, el mítico lugar venerado por los habitantes de siempre de Eire. ¡Juro que jamás volveré a pasar hambre!, gritó Escarlata en “Lo que el viento se llevó”. La terrible hambruna tras la escasez de la cosecha de la patata obligó a miles de irlandeses a emigrar, mientras otros miles morían literalmente de hambre. John Ford y el irlandés impasible, amigo de sus amigos y enemigo de una pelea hasta que tiene que enfrentarse en brutal pero amigable lid –cosas del espíritu irlandés- al padre de su mujer. Catolicismo irónico sin los aspavientos del barroco hispano. La lucha contra el imperialismo inglés, contra el sempiterno enemigo invasor, tan parecido a la lucha por la supervivencia del pueblo portugués contra los intentos anexionistas españoles. San Patricio, un extraño monje, patrón del más genuino pueblo celta. Dublín, bellísima ciudad, acogedora donde las haya. James Joyce. La brigada irlandesa peleando en primera línea en la Gran Guerra en las trincheras del Marne y Verdún. Eugene O´Neill y Yeats. ¡Canta una canción de taberna, en gaélico, a ser posible, amigo! Samuel Beckett sonríe. Irlanda es una gran sonrisa verde.

viernes, 7 de diciembre de 2012

La voluntad irracional

Sin razones no hay voluntad. Donde faltan los fundamentos el edificio está construido sobre cimientos de barro y terminará por hundirse a la más ligera brisa de aire. La intuición puede valer en determinadas –y excepcionales- situaciones, muy particulares. Ampliarla a todas y cada una de las facetas de la vida humana es un error, salvo que se esté seguro de poseer un sexto sentido, un don divino o adivínese el qué.

Otra cosa, claro –siempre hay un pero, o un claro- es que las razones sean válidas para todo el mundo, o sólo sean útiles al que las esgrime. Realmente, eso no tiene ninguna importancia, salvo la cuantitativa. También puede suceder que se confunda razón con intuición, lo que es bastante usual. Los grandes profetas siempre han confundido sus apariciones y revelaciones con fundamentaciones, tal vez de ahí el término “fundamentalista”, aunque eso de “probar” existencias etéreas tiene su miga.

La voluntad puede transformarse, por sí misma, en razón. La voluntad de poder, el triunfo de la misma, no es otra cosa que la imposición sobre uno mismo, primero, sobre el resto del mundo, después (entendiendo “resto del mundo” como las personas o cosas del entorno más o menos próximo) de una razón inmanente a la voluntad: nace en el interior del individuo y se expande, como una gran explosión, conformando todo un mundo de vivencias, objetivos y locuras propios y difícilmente compartibles.