viernes, 28 de febrero de 2014

A vueltas con los idiomas

No voy a presumir de desconocer otro idioma que no sea el castellano, pero no estoy dispuesto a avergonzarme por no hablar una lengua diferente a la de Cervantes. No lo voy a hacer a pesar de esa corriente “moderna” muy crítica con los que no hablan inglés, que es el idioma de las finanzas, de las comunicaciones y de, por qué no decirlo, del Imperio. ¿Que nuestros dirigentes no parlotean la lengua de Chespi? Habría de preocuparnos más que no sepan llevar al país por el buen camino y se limiten a destruir todo lo de bueno que teníamos; educación, sanidad, justicia…

La estupidez no tiene límites, y ahora se llama “couches” a lo que son entrenadores, y “talents” a lo que debería denominarse talentos. ¿No hay palabras suficientes en nuestro idioma como para inundarlo de extranjerismos? Será la moda, pero es una moda que deberíamos rechazar por eso, por ser moda.

Deberíamos preguntar a esos adláteres del bilingüismo (siempre con otra lengua, no con una de la piel de toro, que eso parece ser que no es tan interesante de defender) qué idiomas hablan, aparte del suyo propio, los Obama, Blair, y otros, tan premiados y tan elogiados. Nunca se les habrá visto hacerlo, o al menos intentarlo, salvo alguna frase mal pergeñada dicha en campaña electoral, o para agradar a oídos ingenuos.

Defendamos nuestro idioma, nuestra cultura. Sin exclusiones, por supuesto, pero sin consentir que nos impongan desde allende nuestras fronteras hábitos, conceptos, formas de vivir que nada tienen que ver con lo que sentimos los habitantes de la vieja piel de toro.

viernes, 21 de febrero de 2014

Veranos eternos

En la casa de mis abuelos maternos, en Lanjarón, pasé largas temporadas en mis años más tempranos. Recuerdo veranos eternos en los que jugaba con otros niños, amigos de la infancia que ya no sé por dónde andan, corriendo, descubriendo, fantaseando por veredas y caminos de mi amado pueblo.

Las mañanas eran soles de tortas de cabello de ángel o bollos de azúcar, de piar de pájaros y campanas de iglesias en mitad del silencio. Las tardes, más sosegadas por culpa del calor, eran ensoñaciones en las que nos perdíamos jugando al escondite o inventando historias para ocupar el tiempo y el espacio. La noche era lugar para que grillos y luciérnagas habitaran y crearan el misterio.

En la memoria, sobre todo, queda una ventana misteriosa que estaba situada justo enfrente de la habitación donde yo dormía. Una ventana que permanecía cerrada durante el día y que al anochecer, como por arte de magia, se abría, mostrando un interior poco iluminado, repleto de estanterías y anaqueles, misteriosamente ubicados. Algunas noches, curiosidad infantil, me quedaba agazapado, escondido entre las sombras del dormitorio, esperando ver al habitante de aquella habitación de enfrente, pero nunca supe quién entraba allí. La imaginación, hay que decirlo, juega grandes pasadas, buenas y malas, y siempre creí entonces (algunas veces, incluso lo sigo creyendo ahora) que allí enfrente, en aquella casa desvencijada cuya ventana del piso superior tanto me atraía, vivía una bruja.

Algún día, si el tiempo y la imaginación me lo permiten, escribiré la historia de aquella intuición.

viernes, 14 de febrero de 2014

Abuelas

Algunas veces, por esas cosas que tienen las situaciones asociadas, me sorprendo recordando la adolescencia o, más lejos aún, una infancia distante ya en el tiempo y en el espacio mental.

Paseo por una calle casi tan antigua como mi memoria y miro hacia un balcón viejo y oxidado: allí vivía una de mis abuelas: la que perdió a mi abuelo en la guerra fratricida y tenía ese carácter tan combativo e inconformista nada típico de las personas mayores. La veo entonces, en su casa, dándome galletas cuando la visitaba, sentada a mi lado, disfrutando con mi compañía, la de su nieto. La veo después, mucho más tarde, en el hospital… y prefiero tenerla impresa en mi memoria con aquella sonrisa con la que me recibía cuando iba a visitarla.

No sabemos lo importante que es una abuela hasta que la perdemos. Es como un viejo, pero robusto pilar, donde nos aferramos cuando somos críos. ¿Cómo era realmente mi abuela? ¿Cuáles fueron sus sueños, sus pesadillas? Pienso, ahora que ha pasado el tiempo, que su mirada debía ser triste por haber quedado viuda tan joven, pero ¿qué puede saber un chaval de muertes y soledades? ¡Era mi abuela, y sólo eso bastaba!

Hay recuerdos de todo tipo. El mío de mi adorable abuela no puede ser otro que una añoranza de las cosas amadas y perdidas de las que sólo nos queda un rincón en la memoria.



viernes, 7 de febrero de 2014

El tiempo vivido

El tiempo pasado no mueve montañas, cierto, pero sirve para que la memoria tenga cosas para recrearse en los momentos de ocio. La memoria, también es verdad, tiene esas cosas que la hacen querida y odiada al mismo tiempo: nos trae buenos recuerdos e instantes que siempre queremos olvidar. Nuestra condena -y nuestra bendición- es que no podemos hacerlo voluntariamente.

¿Cuál fue nuestro mejor momento? ¿En qué época de nuestra vida nos sentimos mejor? Nunca lo sabremos, porque somos una subjetividad hecha carne y sangre. Somos lo que somos, como ya se ha dicho más de una vez. Somos un concepto que se recrea constante e infinitamente (porque somos infinitos y eternos, ya que la muerte, la gran desconocida, está cuando nosotros ya nos hemos ido).

Memoria. En ella, como en un cajón de sastre, de todo podemos encontrar; aquella infancia repleta de recodos misteriosos y descubrimientos fantásticos, adolescencia de inquietudes, amores inocentes y pecados veniales, madurez creativa y sensaciones nuevas, y sueños, sueños, sueños.

La vida es sueño. Realmente es así, querido Calderón, pero los sueños no tienen por qué mantenerse en sueños y la vida, esa eterna conocida, es tan real, humana, con sus premios y sus castigos, que merece la pena vivirla.