sábado, 29 de marzo de 2014

Lo pretérito y lo vivible

¿Cuándo fue ayer? ¿Cuándo me dijiste cualquier cosa? ¿Cómo fue el tiempo en el que el tiempo apenas contaba? ¿Dónde se pierden las fuerzas y se gana la ambición? Es fácil acomodarse a lo que se tiene y creer que es esencial la posesión de lo que no es sino algo prestado, como todo lo que hay o será en este mundo de sueños que vivimos.

Somos materia e irrealidad, islas perdidas en un océano de misterios. Para no enloquecer debemos inventarnos la historia, creernos que desenrollamos el hilo que las parcas, pacientes, nos han dado al nacer, cuando es el hilo el que va deshilachándonos y dejándonos al final como al principio venimos: desnudos.

¿Lo oyes? Es el sonido de tu propia respiración. Mueves tus manos buscando algo a lo que agarrarte, mas sólo encuentras un enorme e impalpable vacío. Aspiraste aire y olvidaste oler las flores, igual que agarraste una piel y fuiste incapaz de palpar, un cuerpo. Gritaste de ira y no supiste murmurar una palabra de perdón.

No, no mires atrás. Te equivocaste, lo sabes, pero el atrás, el pasado, no tiene más sentido que el futuro que se desconoce. Sólo el presente, ese compañero variable e inestable que siempre está con cada sombra con sombra, es asequible, aunque sólo sea por el breve momento que transcurre entre lo pretérito y lo vivible.

viernes, 21 de marzo de 2014

Salvar una estrella de mar

Algunas veces uno puede preguntarse si merece o no la pena luchar por cambiar las cosas, el mundo, la forma de ser de la gente. Parece que la pelea contra el sistema está condenada al fracaso y que todo va a seguir igual por lo siglos de los siglos.

Viene a cuento una historia que circula por ahí:

“Un hombre iba paseando por una solitaria playa, recogiendo estrellas de mar que se encontraban sobre la arena, bajo el sol, y arrojándolas al agua de nuevo. Otro hombre estuvo observándolo durante un buen rato, después se acercó y le dijo:

-Pero, hombre, ¿no ve que lo que está haciendo es un trabajo inútil? A lo largo del mundo hay miles de playas en las que decenas de miles de estrellas de mar quedan sobre la arena y mueren bajo los rayos de sol. Usted nunca podrá hacer nada para evitarlo. No podrá salvarlas a todas.

El otro hombre lo miró fijamente, se agachó después y, recogiendo otra estrella de mar, la arrojó al agua. Entonces contestó, con una sonrisa en los labios:

-Pregúntele usted a esa estrella de mar que acabo de lanzar al agua si ella ha notado o no la diferencia”.

Pues eso, que algo se consigue, seguro.

viernes, 14 de marzo de 2014

El tiempo perdido

Marcel Proust hablaba de la búsqueda del tiempo perdido, e Indiana Jones buscaba un templo perdido en el espacio y el tiempo. Wells viajó en su máquina del tiempo hacia atrás y hacia delante, enfrascado en la misma búsqueda.

El Tiempo, esa cuarta dimensión que no podemos tocar y de la que, además, no tenemos otros instrumentos para medirla que nuestra subjetividad porque los relojes lo marcan utilizando dos dimensiones. No hay dos tiempos iguales, como no hay dos vidas iguales, o dos muertes iguales.

Buscar el tiempo, el tiempo perdido en este caso, es tan absurdo como intentar atrapar un sueño, o mirar cara a cara al sol sin deslumbrarse y quedar ciego para siempre. El Tiempo, ese compañero vital e inaccesible, nos supera en paciencia y duración. Intentamos controlar las otras tres dimensiones, midiéndolas, subyugándolas a nuestros deseos, pero somos incapaces de hacer los mismo con los días, con las horas, con los minutos incluso.

Somos una peonza que baila en el torbellino infinito del Tiempo. Cada giro (que siempre es el mismo, igual, eterno) nos arroja más y más a esa profundidad de la que emergimos un día y en la que algún día volveremos a penetrar.

Tiempo. No hay que buscarlo, porque no existe. Lo más que podemos hacer es aprovechar cada instante procurando aspirarlo como si fuese el último de nuestra vida. Sucede también, y eso es humano, demasiado humano, que somos incapaces de valorar las cosas hasta que las perdemos.

En el caso del tiempo, la vida en suma, el problema es que cuando ya ha pasado no estamos aquí para recomponernos e intentar empezar de nuevo.

viernes, 7 de marzo de 2014

El ejercicio de la crítica

El ejercicio de la crítica es sano. Más aún: en el momento en el que se deja de ejercer, se produce lo que podríamos denominar un proceso de “aburguesamiento”. El alma, o el espíritu, quedan aletargados y ya nada hay que hacer salvo esperar, tranquilamente sentado en el sofá, a la jubilación y a vivir sin molestar a nadie.

Ser crítico no es ser destructivo sino preguntar, preguntarse a cada momento por todo aquello y de todo aquello que no entendamos. En las sociedades actuales, consumistas y cómodas, egoístas e individualistas, el crítico molesta, es cierto, pero por eso mismo hay que estar ahí, en la brecha, para hacer ver que todo no está atado y bien atado.

Cierto es que muchas veces se grita en el desierto, y que en otras ocasiones puede dar la sensación de que se es un Mesías, un defensor de ideas que los “otros” (los de sofá e individualismo) consideran “superadas”, cuando ni siquiera saben bien en qué consisten esas ideas. En otros momentos la sensación de derrota llega de golpe, como una tormenta de verano, y devienen las ganas de retirarse de batallas incruentas y que presagian nuevas derrotas.

Pero se sigue estando ahí, a pesar del tiempo y de la edad, de los medios de comunicación y de que el mundo no se para (bueno, aunque se pare no hay que apearse).

Ser crítico con lo que te rodea es estar vivo. ¿No es suficiente eso?