viernes, 23 de mayo de 2014

Los límites del tiempo

¿No es cierto, ángel oscuro, que atravesamos el tiempo al igual que las estrellas fugaces rasgan el velo del firmamento, sin dejar nada a nuestro paso salvo una estela leve que desaparece rápidamente? ¡Ah, demonios de la conciencia que herís sin pausa al pobre mortal que se pregunta, cuando cesa en sus espasmódicos movimientos y, en la quietud de la meditación, siente un vacío interior que debe rechazar porque implicaría su condena!

Hay más cosas en la tierra de las que podemos conocer, Horacio, y más cosas dentro de nosotros de las que queremos reconocer. El tiempo las va desmadejando, como parca infinitamente paciente que no se aparta de la rueca donde se tejen todos los sueños y las pesadillas, las realidades y las metamorfosis, los pasados y los futuros en ciernes. El Tiempo, la palabra indefinida a la que pretendemos imponer unos límites, marcar unos números en donde se contenga... medir lo imposible, lo que carece de mesura.

Araño el cristal del espejo del reflejo de una sombra, floto sobre mí mismo, contemplando un cadáver de un viejo roble hendido por el rayo, y Ella, ángel oscuro, toma mi mano y la aprieta con firmeza. Lo viejo yace sobre un camastro, y una luz brillante rodea el nacimiento, lo nuevo que surge, cual ave Fénix, de las cenizas y el aprendizaje llameante del pasado fenecido.

viernes, 16 de mayo de 2014

Tiempo

Pasan los días como si pasaran las horas. Uno a uno van cayendo en la marmita en la que se cuecen los recuerdos. El sol, como si de un cuento de Hodgson se tratara, atraviesa el cielo en un segundo, y cien años caen de golpe sobre los imprevisibles corazones.

Se espera con ansiedad un fin de semana que luego queda atrás y deviene en la espera de otro fin de semana mejor. La rueda gira, gira, eterna, y engaña con espejismos de ayeres desvaídos y futuros abiertos. No hay presente: sólo un pasado que crece y un porvenir por hacer.

sábado, 3 de mayo de 2014

Una pesadilla

A veces sueño que sueño y que, dentro de ese sueño, tengo una pesadilla. El mundo es un círculo cerrado por un alto muro creado por un demiurgo que no quiere que salgamos más allá de ese límite material.

En una torre central, alta como las ilusiones que uno se marca y casi nunca se cumplen, un ojo inquisidor, enigmático y eterno observa sin el menor pestañeo las leves figuras que nacen, crecen y se desvanecen en apenas un suspiro, sin dejar otra huella que una fútil imagen en un espejo que se rompe nada más nacer un nuevo alba.

Pegados al muro, cien millones de leprosos raspan sus paredes buscando menos hambre. Aquí y allá, dispersos y envueltos en harapos, cien millones de nómadas se acurrucan en los huecos apenas abiertos en el gran muro, intentando refugiarse de la sombra y de la luz que quema con demasiada insidia.

La pesadilla sigue, entre vuelta y vuelta en la cama, y ese muro se repite sin cesar y crece, crece, aunque lleguen el alba y el despertar.