viernes, 14 de noviembre de 2014

El enfermo y la estructura

Cada vez los caminos se estrechan más, los horizontes se difuminan, las ideas alternativas no fluyen, o no se deja que fluyan, la pendiente se hace más acusada.

El enfermo sigue agonizando y nadie lo quiere mirar directamente al rostro. Los medicamentos que podrían sacarlo del coma se hallan abajo, en el sótano, encerrados bajo siete llaves y protegidos por un can Cervero vestido de uniforme, de cualquier uniforme. Arriba, en el ático de la gigantesca estructura, un extraño personaje de traje negro golpea una mesa de caoba –que es símil de féretro- con un martillo de piedra. Un maletín repleto de papel, una cartuchera vacía y un símbolo endiosado son colocados sobre un extraño sofá, donde se halla sentado en reposo, meditando, dubitativo, un engominado directivo de urnas de cristal.

Sobre una fachada cercana alguien –algún miembro de un grupúsculo de inadaptados- ha escrito con su propia sangre: “Que se pare el mundo, que quiero apearme”. El viento arrastra basuras ancestrales, las eleva a las alturas y las deja caer, suavemente, sobre el gigantesco edificio, sobre el único edificio, sobre el omnipresente edificio.