domingo, 31 de enero de 2016

Susana Díaz, la progre incrédula



Cada día que pasa se demuestra que Andalucía –nuestra Andalucía- es diferente. Tiene líderes que no se merece. No porque sean buenos, sino porque son una auténtica calamidad, por no llamarles desastre natural.
           
La señora Susana Díaz, una auténtica profesional de la política, en la que lleva metida casi desde que dejó el chupete (no se le conoce otra actividad laboral, vaya usted a saber la razón), cojea tanto por su derecha que no sería de extrañar que pronto creara un partido político a su imagen y semejanza, tal y como hizo la ahora jubilada –o prejubilada- Rosa Díaz. Cosas de la política, que a cualquiera admiten en un partido llamado de izquierdas y que, tal como están las cosas, es de todo menos izquierdista.
            
A cualquier buen entendido en política es más que evidente desde hace tiempo que Ciudadanos no es más que un PP blanqueado, una marca blanca, la otra cara de la derecha. Vamos, más de lo mismo que ha tenido este país desde hace décadas. Que Susana Díaz apoye más la convergencia con este partido derechista que con Podemos es muy aclaratorio de su verdadera postura ideológica.
           
Esta señora es de los que se asustan cuando ven un puño en alto. ¡Por favor, eso es del siglo pasado!, seguro que gritaría, y miraría a sus padrinos (ahora procesados, por cierto), para pedirles pleitesía y apoyo. También al señor Felipe González, especialista en puertas giratorias y otros asuntos menos confesables, que ahora va por esas antiguas colonias hispánicas apoyando a partidos de dudoso talante democrático y más cercanos a la extrema derecha que a unas razonables –para los barones del PSOE- posturas socialdemócratas.
           
Así va el país, entre derechistas corruptos y progresistas que no lo son más que de cara al electorado. El miedo al cambio –al real, al que importa- les hace decir cosas que dejan clara su intencionalidad política y su mal talante democrático. Pena de Andalucía, que tiene gobernándola a quien no se lo merece.
            
El tiempo pondrá a cada uno en su lugar, aunque algunos, y algunas, seguirán medrando en la política, que es a lo único que se dedican, no sabemos si para beneficio propio, del partido, o de otras instancias menos confesables.
            
Mientras, a seguir esperando con paciencia a ver qué pasa.

jueves, 28 de enero de 2016

Sí, yo también soy un trastornado

A la vista de la polémica desatada por la foto del torero Fran Rivera con su niñita en brazos, y de sus "gloriosas" declaraciones a la prensa, quiero declarar y declaro:

En un país donde algunos defienden la tauromaquia como si torturar a un animal fuese arte, convierten a carniceros en artistas, y elogian sus actuaciones como si de premios Nobel se tratasen, decir que es un auténtico disparate hacer correr un peligro innecesario a una menor es ser un trastornado, un impresentable, un antitaurino, vamos, un antiespañol de todas a todas.

Algunos, imbuidos por un espíritu mesiánico por el cual se creen estandartes de todos los valores y de todas las patrias, se vanaglorian de sus actos de estupidez, y descalifican a instituciones tan prestigiosas como el Defensor del Menor. Quizá porque, en su interior, esos mismos señores votarían por volver a una sociedad de señoritos y caciques, de monasterios y cuarteles, donde los únicos espectáculos dignos de respeto y subvención fuesen los toros y el fútbol. Vamos, como si el tito Paco estuviese de nuevo entre nosotros.

Sí, señor, yo soy uno de esos trastornados que sigue sintiendo náuseas cuando usted, o uno de sus adláteres, maltrata, sangra, hiere y mata a un toro. Soy de los que se espantan cuando un padre o una madre llevan a su hija en coche sin el correspondiente cinturón de seguridad, o la dejan a solas en un parque infantil sin ninguna vigilancia. Claro que a ellos, lo mismo, les cae con todas las de la ley la correspondiente multa o sanción penal. Y con razón.

Pero no a usted, ni a los que lo defienden, por Dios. Usted y los suyos representan a España, a la única España que está permitido existir, esa que defiende a capa y espada lo indefendible: las corridas de toros y toda la parafernalia que la rodea (llámese todo un santoral lleno de velas, llámese torear con una niña en brazos o con una rubia del brazo).

Sí, señor ¿intelectual?, yo también soy un trastornado. Y lo voy a seguir siendo hasta que usted, y todos los que piensan como usted, puedan dedicarse a otra profesión que no sea la de matar bestias indefensas y regodearse en la ignorancia del común de la plebe.