jueves, 18 de febrero de 2016

La mal llamada Izquierda



            El caso de Rita Maestre está generando agria polémica. La derecha, por supuesto, aprovecha la ocasión para linchar a esta buena señora, mientras una mal llamada izquierda justifica su acción, y tacha a los que la condenan de intolerantes y otros descalificativos.

            Por supuesto que hay que luchar por un estado laico, donde la religión quede fuera de la vida política y de las instituciones públicas, y se ejerza en la intimidad del hogar o en edificios habilitados al efecto. Los privilegios de la Iglesia Católica han de desaparecer. En eso, totalmente de acuerdo. 
            
            Lo que no se puede permitir es que una partida de energúmenos irrumpa en un templo, o un lugar religioso –sea de la confesión que sea- en mitad de una ceremonia sacra, gritando, descalificando, insultando, e injuriando las ideas –equivocadas o no- de los allí presentes. Eso no es libertad de expresión, ni democracia, ni ser de izquierdas. Eso es ser, simplemente, un desvergonzado sin ninguna educación.

            Esos políticos de la nueva era, que se mesan los cabellos y gritan por la libertad, deberían pensar qué pasaría si extremistas de derecha irrumpieran en sedes de partidos políticos de izquierda, o fueran a reventar actos públicos de feministas, colectivos de gays, grupos por la memoria histórica, o cualquier otro evento legítimo de reivindicación de la auténtica y democrática izquierda. ¿Hablarían de libertad también, o gritarían contra los energúmenos –estos sí- que atentan contra los derechos de los que se manifiestan o expresan sus opiniones?

            Pues eso, que Rita Maestre se ha columpiado. Igual que Pablo Iglesias y los que la apoyan con sus artículos y sus declaraciones. Sí, que estamos por la laicidad absoluta en este país, de una vez y para siempre, pero no por utilizar el doble rasero: mis actos son intocables, los de los otros, aquellos que no piensan como yo, hay que reventarlos como sea, con torsos desnudos, zapatazos a la cara, gritos e insultos. Cualquier cosa, porque los otros son la casta.

            Y con esa excusa, la falsa izquierda quiere cambiar el país. Esto se cambia con otras formas, con otro estilo, en el que se respete la diferencia, y se manifiesta la discrepancia donde hay que hacerlo, con libertad y sin coartar la de nadie.

            Lo demás, paparruchas, como diría el bueno de Scrooge.

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