martes, 16 de febrero de 2016

Padresnuestros a sangre y fuego



             Ya en la antigüedad, los cristianos pasaron de ser perseguidos a sangre y fuego por el poder de Roma a convertirse en perseguidores, a sangre y fuego, de quienes no confesasen sus mismas creencias. Ahí está la historia para confirmarlo.

            Resulta chocante –aunque no tanto proveniente de alguien que milita en las siglas que milita- que se ataque a la libre creación poética por interpretar de forma peculiar el padrenuestro católico. El señor Alberto Fernández se sintió muy ofendido, el pobre hombre, y abandonó la ceremonia de entrega de premios en el Ayuntamiento de Barcelona debido a que consideraba que se ofendía a los católicos. O sea, a él mismo y sus creencias. Tal vez no hubiera hecho lo mismo –o se hubiera reído o aplaudido- si la consideración fuese con otra creencia religiosa o ideológica. 

            El victimario del catolicismo, empezando por señores como estos, y acabando por la alta jerarquía católica (sin ánimo de generalizar), no tiene nombre. Nombre que se pueda decir en pocas palabras. Durante cuarenta años España fue un convento, una iglesia, donde había que bautizar a los hijos, o contraer matrimonio por lo católico, para recibir ayudas económicas, o donde la religión católica era asignatura religiosa, sí o sí. Y se aprendía catecismo a golpe de hostias, de las de verdad, no de las consagradas. 
 
            Sí, señor Alberto Fernández, sí es un tema de creencias lo que usted ha hecho. Entre los que defienden la libertad, en todos sus grados, y los que querrían una libertad condicionada, con crucifijos en todas las escuelas, bodas y bautizos sacramentados, y cruzadas por la libertad y la fe católicas.

            La historia está ahí para decirnos que la Iglesia católica ha llevado a dictadores bajo palias, ha bendecido fusilamientos, ha negado a sus mártires republicanos, ha impuesto su verdad durante cuarenta años de dictadura, y sigue intentando censurar todo aquello que agrede a sus pilares básicos. Esa misma Iglesia que criminaliza a las mujeres que quieren abortar, a las parejas del mismo sexo que quieren casarse, a las personas que utilizan los preservativos, o al rojerío que quiere laicizar la enseñanza de una vez por todas.

            Sí, señor Alberto Fernández. Sí que es una cuestión ideológica lo que usted, y los que son como usted, defienden. Es su libertad centrada en una sola idea, un solo dios, un solo credo, contra la libertad de los que, muy a su pesar, piensan de forma muy distinta.

            Es malos tiempos para la lírica, y no solo para los titiriteros.

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